Ruido

Vasili Kandinsky sentenció una vez: “El hombre de hoy está anestesiado; solo puede sentir lo ruidoso. Si no se le coge por el cuello y se le sacude, seguirá indiferente”. Como él, fueron numerosos los artistas que intuyeron que el ruido era un peligro para el arte. Lo que yo me pregunto es qué pensarían de vivir en el siglo XXI, el nuevo milenio de la autodestrucción.

Parece evidente que el hombre tiene miedo del hombre. Y con esto me refiero a que el ser humano huye de su propia sombra, se aferra a la oscuridad de su estómago para no sentir, ni padecer. Quizás suene irrisorio si contemplamos el complejo actual, donde el narcicismo y el individualismo son las normas del día para sobrevivir a la urbe. Sin embargo, si ahondamos un poco más allá, donde pocos se atreven, veremos que el silencio duele y nosotros huimos de él.

La tragedia del hombre se disipa con una laboriosa artificiosidad. Ya son pocos los vagones donde se respire el silencio, los barrios donde las miradas melancólicas se insinúen al azul de la soledad, las almas eléctricas cuyos cuerpos se mezan con armonía, conciencia y espíritu. En cambio, son más comunes las cabezas adormecidas por el traqueteo del tiempo, con las babas escurriendo por la boca y las carnes enrojecidas por la desilusión que nos desespera. Parece que la intuición de que el ruido nos devora y nos hace más callados se está haciendo cierta. Sin tiempo para la belleza, ni la contemplación, los artistas están muriendo y la mano negra que describió Kandinsky en sus Escritos sobre el arte nos está cegando.

Sufrimos de un exceso de vida real. Un entorno que ensordece nuestras voces y que incita al tedio a lamer sus pensamientos. Un verde paraíso de esquinas, luces y contornos que  deben ser asumidos como son descritos sobre el papel. Si tenemos intención de pensar, serán el ruido y la plasticidad las que divulguen el conocimiento por nosotros.

Quizás sea esta ceguera la que usurpa el hambre de la vida. La que nos incita a dormir tuertos en una libertad restringida por el engaño que tanto nos seduce. Es cómodo fingir la felicidad en una urbe de formas plásticas que repudian la soledad o toda acción contemplativa. Es fácil sonreír y fingir que somos dioses de terciopelo inundados en la más mísera mediocridad.

Tan acostumbrados a mirar pasivamente, que se nos ha olvidado observar con pureza y criterio la vida que se nos presenta. Tanto ruido y tan poco silencio.

¿Qué mensajes transmitimos a las futuras generaciones? ¿Qué será de ellos sin silencio, autoconciencia o libertad?

Schopenhauer decía que solo la soledad hace libre al hombre. En el siglo XXI, ni siquiera la libertad suena apetecible.

Jorge Díaz-Salazar Díaz

3 Replies to “Ruido”

  1. Gracias por ser una de las personas que me ha enseñado a no estar anestesiada. Mil gracias por darme tanta riqueza. Marga P. A.

  2. Lo que suena apetecible y mucho…es poder leer tus maravillosas palabras.

  3. Andrés Castaño Gallego dice: Responder

    Al igual que Marga, tengo que agradecerte por transmitirme la necesidad de alejarme del ruido ensordecedor, por hacer que me preocupase por degustar la vida.

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