Al otro lado del Mediterráneo

ANDREA FARNÓS | Madrid

Tras diagnosticar siete casos de Coronavirus en la ciudad de Belén, las autoridades palestinas impusieron el confinamiento y declararon el Estado de Emergencia. Cerraron colegios, universidades y comercios no esenciales. Abrieron farmacias, supermercados y panaderías con horarios restringidos y, con el tiempo, empezaron a poder abrir las peluquerías los viernes y sábados. Ahora pueden salir a la calle, con precaución, aunque no es obligatorio el uso de mascarilla y guantes. Miles de personas han perdido sus empleos y, quienes vivían al día, se enfrentan a la crueldad de un sistema que enriquece al rico y empobrece al pobre, limitando así  la posibilidad de abastecer a todas las familias que dejaron de ingresar hace dos meses. Nada lejos de la realidad que conocemos. Contado así, podría tratarse la situación de cualquier país desarrollado afectado por la pandemia.


Pero nosotros no tenemos un sistema sanitario decadente. No cabe duda de que la aparición del virus ha puesto de manifiesto las carencias, por falta de inversión pública, de nuestro sagrado sistema de salud; pero nada comparado con la realidad que viven a diario en Cisjordania y la Franja de Gaza. Ésta última dispone únicamente de 60 respiradores para casi 2 millones de habitantes y el espacio en las UCIs de Cisjordania admite un número muy limitado de pacientes. Los hospitales no están, ni de lejos, preparados para acoger una emergencia sanitaria de tales características. Las condiciones sanitarias son, en condiciones normales, muy deficientes. El colapso en los centros no es nada nuevo en Palestina. Por ello, la expansión del virus supondría una auténtica catástrofe en algunas regiones de Medio Oriente.

Por otro lado, no nos vemos constantemente amenazados por las autoridades sionistas con derrumbar nuestros hogares. Disponemos de la posibilidad de desplazarnos a lo largo del país sin la necesidad de someternos a exhaustivos controles militares. No vemos el destino de nuestro territorio pendiente de un hilo denominado Acuerdo del Siglo (medidas propuestas por Donald Trump para poner fin al conflicto árabe-israelí) que se inclina con una clara preferencia hacia Israel. Visto así, no estamos tan mal.

El muro visto desde la ciudad de Belén

Desde Conciencia Cultural  hemos tenido la oportunidad de viajar con las palabras a Ramala, la primera ciudad de Cisjordania separada de Jerusalén por un muro construido a base de abuso de poder. Allí, con un ambiente acostumbrado al miedo pero dispuesto a enseñar las garras, nos reunimos con cuatro jóvenes palestinos.  Éstos nos hablan de la situación de los trabajadores, de las cárceles y de las medidas llevadas a cabo por las autoridades israelíes, entre otras muchas cosas.    «Muchos trabajadores debían de entrar en Jerusalén cada día. Allí el virus estaba mucho más extendido, por lo que gran parte de los contagios de Palestina provienen tanto de turistas como de los trabajadores que fueron obligados a seguir ejerciendo su labor. Después se dictaminó que no podían regresar a sus hogares en Ramala, por lo que las empresas israelíes deberían de proporcionarles un sitio donde dormir en Jerusalén», nos explica Sahib, un joven refugiado palestino de 22 años que, a día de hoy, trabaja como funcionario. Sahib nació en Siria y debido a la complicada situación del país, consiguió cruzar a Cisjordania hace algunos años. «De todas formas, la población está acostumbrada a los confinamientos. Durante la primera y segunda Intifada, el gobierno israelí imponía el confinamiento mientras invadía ciudades y pueblos palestinos. Yo todavía no vivía aquí, pero he escuchado muchas historias», relata Sahib. 

«La falta de información de Israel permitió la propagación del virus en Cisjordania. Cuando ambos países estaban confinados, se permitía la entrada a Jerusalén de ciudadanos palestinos. Éstos se contagiaban y volvían a sus casas», nos cuenta Azhar, una joven ingeniera de 25 años. Azhar trabajó durante un año y medio en Jerusalén y tardaba más de una hora en cruzar el checkpoint que divide ambos territorios. Los checkpoints son puestos militares israelíes destinados al control de los movimientos palestinos de Gaza y Cisjordania. Un humillante proceso que miles de palestinos deben llevar a cabo a diario para ejercer su profesión. «Me miraban mucho. No es común ver a una mujer ingeniera cruzando el checkpoint y menos sin velo, pero en mi familia somos cristianos» nos cuenta Azhar hablándonos de lo que era su día a día cuando trabajaba en Jerusalén.

Checkpoint de Qalandya para cruzar de Ramala a Jerusalén.

¿Está Israel aprovechándose de la pandemia?

Si hay algo que verdaderamente inquieta a los palestinos son las actuaciones del ejército israelí frente a la crisis sanitaria. «Los palestinos no estamos teniendo que lidiar solo con una pandemia, sino también con una ocupación, una constante violación de derechos humanos y un gobierno corrupto», continúa Azhar. A pesar de la amenaza del virus, las redadas y arrestos a civiles han sido constantes. Desde 1948, más de 1.000.000 personas han sido arrestadas.  Ahora, aprovechando que el mundo está pendiente de cuestiones como la propagación del COVID19, son muchas las realidades ajenas que han pasado a segundo plano.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, incluye en su nueva campaña electoral la anexión de los asentamientos judíos en Cisjordania. Ésta medida, respaldada por la Casa Blanca como parte del famoso Acuerdo del Siglo, supone no solo la humillación del pueblo palestino sino la violación del Derecho Internacional de anexionar territorio extranjero. «Durante esta crisis, el Estado israelí ha aumentado las demoliciones de viviendas, arrestos y expropiación de tierras» relata Zahira, de 38 años y originaria de Hebrón. Y así, amparándose en el derecho a la Tierra Prometida y al apoyo de la potencia estadounidense, aprovechan la propagación de una catástrofe sanitaria mundial para destruir no solo viviendas e infraestructuras, sino un sentimiento árabe colectivo demolido por las ambiciones sionistas. Anteponer la economía a los Derechos Humanos no es nada nuevo en los parámetros sobre los que se sostiene el mundo, pero el desprecio constante hacia el pueblo palestino supone un fracaso de moralidad de Occidente.

 

Vulnerabilidad en zonas de riesgo

La población más vulnerable, además de aquellos con patologías previas y avanzada edad – como en todo el planeta – se encuentra en campos de refugiados y cárceles. Los arrestos a civiles han continuado durante los dos últimos meses. «Ahora mismo podrían entrar en mi casa y culparme por haber tirado una piedra aunque fuera mentira» , explica Azhar. Las condiciones higiénicas en las prisiones son, en palabras de la activista palestina Jaldía Abubakra, pésimas. «Los medios de comunicación, controlados por Israel, no nos cuentan qué ocurre con los presos», continúa Azhar.  «Se escucha que el virus ha llegado a las cárceles, pero no sabemos nada a ciencia cierta» – dice Khaled, un joven estudiante de farmacia de 19 años -. «Algunos medios clandestinos cuentan que han fallecido cuatro prisioneros por falta de medios y suponemos que es a causa del COVID19». Por otro lado, el hacinamiento de los campos de refugiados de Gaza y Líbano aumenta las probabilidades de contagio. Además, los refugiados residentes en Jordania o Siria que se encontraban fuera de dichas fronteras durante la proclamación del Estado de Alarma se han visto en una compleja tesitura de abandono institucional. Azhar nos explica que «las autoridades jordanas y sirias les dicen que ellos no son prioridad y que, todavía, no pueden regresar a sus hogares. Muchos han nacido en esos países y llevan viviendo ahí toda la vida, pero sus Gobiernos todavía les considera ciudadanos de segunda». 

¿Qué proponen los de arriba? A pesar de la denuncia ciudadana de las malas gestiones de las autoridades palestinas, son muchos los que agradecen la rápida decisión de confinar a la población. «Me siento seguro porque el Estado de Emergencia se impuso en cuánto se dieron a conocer los siete casos positivos de Belén», declara Sahib. Azhar, por su parte, es más crítica con la gestión de Mahmud Abás: «Hemos recibido muchas donaciones de países vecinos para ayudar a Palestina a hacer frente a la crisis del COVID19 y, puesto que el umbral de pobreza es bastante alto, se nos prometió que 20 millones de dólares irían destinados a mejorar la calidad de vida de quienes viven al día económicamente. Todavía no hemos visto nada de ese dinero». Azhar acusa a la élite palestina de corrupta y defiende el derecho de los ciudadanos a disponer de alimentos diarios.

© European Pressphoto Agency

El intelectual palestino Joseph Massad siempre ha expuesto la idea de que la Nakba – la expulsión de los palestinos del territorio por el régimen sionista en 1948 – no ha terminado del todo. Continúan los abusos de poder, expropiación de tierras y los apoyos internacionales. De qué sirve la defensa pública del derecho a la paz si se continúa fomentando el auge de la economía israelí. ¿Es realmente el Acuerdo del Siglo una posible solución al conflicto?¿Beneficiaría a ambas partes por igual? De llevarse éste a cabo, los asentamientos de Cisjordania pasarían a ser parte de Israel, los refugiados no podrían regresar a Palestina, el Área del Triángulo (en el norte de Israel) pasaría a formar parte de territorio palestino y se compensaría a los árabes con 50.000 millones de dólares. ¿Es esto suficiente?¿Qué opinan todas las potencias occidentales de esto? Un silencio es un apoyo con vergüenza al opresor. 

Es ahora, en tiempos de Ramadán y COVID19, cuando salen a la luz las necesidades de los refugiados a quienes las autoridades giran la cabeza, la importancia de un sistema sanitario competente, la eficacia de un virus que no entiende de muros divisorios y la falta de atención occidental real a la situación de desamparo palestino.

 

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