Así es ‘Wonder Wheel’, lo último de Woody Allen

· ROBERTO MACEDONIO | Madrid ·

Coney Island en los años 50 era el paraíso dominguero americano. Sus playas estaban siempre llenas de sombrillas de Coca-Cola y los paseos marítimos los coronaban grandes norias. En este contexto sucede la nueva historia que Woody Allen estrenó a finales de diciembre en España. Una película muy cálida para una estación del año demasiado fría, todo un reto. Pero al director neoyorquino le gustan los retos, y parece que de este también está saliendo triunfante.

Justin Timberlake en ‘Wonder Wheel’.

No es necesario que la cinta avance demasiado para que desde la butaca empieces a sentir el calor de aquellos años gloriosos de la costa de Brooklyn. Ya en el primer plano Woody Allen nos deja bien claro cuáles son el tiempo y el espacio de Wonder Wheel. Lo hace a través de la banda sonora (al son de los legendarios Mills Brothers) y el monólogo de un brillante Justin Timberlake (que rompe la cuarta pared para mirarte a los ojos con la fuerza de un socorrista).

Hablando de Timberlake, de él ha dicho el director de la película (sin escatimar en elogios) que de haber nacido algunas décadas antes habría sido todo un Cary Grant del cine. Sea como fuere, Timberlake protagoniza junto con Kate Winslet, Juno Temple y Jim Belushi esta historia neurótica. Los cuatro están sobresalientes. Woody Allen ha elegido bien este reparto de personajes que se salen de la alta élite soberbia y presuntuosa tan frecuente en sus películas (y a la que él mismo ha tenido que sobrevivir).

Wonder Wheel nos presenta la vida de un feriante ruinoso (cuya hija huye de la mafia), casado con una actriz fracasada (cuyo hijo no deja de quemar todo aquello con lo que se cruza). Pero ella, como buena diva sin éxito, se enamora de un joven socorrista bohemio, sucumbido por el morbo que la cuarentona le genera. Junto a estas vidas miserables y las atosigantes relaciones que se dan entre sí, va avanzando una trama que, emocionalmente, tiene el mismo recorrido de una montaña rusa: del amor al odio pasando por el asco.

Jim Belushi (izquierda) y Kate Winslet (derecha) en ‘Wonder Wheel’.

Toda esa crudeza se contrarresta con un bellísimo marco visual. El director de Annie Hall opta por una iluminación muy teatral (en favor del personaje de Kate Winslet) que no se corta en pasar del azul oscuro al rojo ardiente cuando la cosa se pone triste o caliente… De esta forma consigue que el plano hable por sí solo de una manera descarada. Todo esto sin sacar del encuadre la belleza que tiene el escenario escogido, aquél Coney Island de los 50 lleno de color, sonidos e historias.

No es, en cualquier caso, una historia bonita, a pesar de su contexto. Pero sí es una historia grandiosa muy bien contada: la de la gente que de verdad hubo en aquellos años, esa que no hubiera podido veranear de no ser por las propinas que recibían al servir las mesas de un bar de feria. Vidas tristes que quieren llenarse con un amor que nunca existió y nunca existirá porque, lo que deben aprender los personajes de Woody Allen, es que las historias de amor pasan primero por quererse a uno mismo.


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