Corazón negro

· BORJA CAMESELLE | Vigo ·

Si no eres creyente, dirás que el infierno es una invención, una historia de terror que la Iglesia usa para beneficiarse.

Si eres católico y crees en Dios, dirás que es un lugar al que no quieres ir. Un símbolo del mal y de la condena de los pecadores.

Si eres gallego, dirás que el infierno pasó por Galicia el 15 de octubre de 2017 para recordarnos que el ser humano puede llegar a ser retorcidamente malvado. Ese día, Galicia sufrió de la mano sus patrias hermanas, Asturias y Portugal, un atentado terrorista de carácter forestal jamás visto.

Bombero intenta sofocar el fuego en Galicia

Una oleada coordinada de incendios arrasó miles y miles de hectáreas de monte gallego dejando a su paso un negro en el suelo reflejo del luto que para siempre quedará en el corazón de los que forman parte del fogar de Breogán”.

Muchos intentan sacar rédito político de un acto terrorista consecuencia de muchos errores, en gran parte políticos. Estoy convencido de que muchos estarían contentos con una dimisión política en beneficio de unos pocos y que daría paso a un olvido permanente a las pocas semanas.

Yo no. Yo no estaré satisfecho hasta que los responsables de la barbarie muerdan las rejas de su celda pensando que será lo único que hagan en lo que les queda de su asquerosa y repugnante vida. Hasta que vea de nuevo el color verde tiñendo los montes gallegos, portugueses y asturianos. Hasta que vea unión política y acciones preventivas para que esta catástrofe no se vuelva a repetir. Hasta que cada persona que lo ha perdido todo reciba lo que es suyo y obtenga todas las disculpas que se merece.

No estaré satisfecho hasta que los responsables de la barbarie muerdan las rejas de su celda

Cuando ves al fuego devorar el paisaje y escuchas el estruendo del monte ardiendo como si de un grito de ayuda se tratase, obvias las llamas y el olor a ceniza mezclado con rabia y te desprendes de la lógica para ayudar a tus hermanos.

Esa pérdida de “razón” es lo que llevó a muchos a morir entre las llamas. En Galicia, el atentado se ha cobrado la vida de cuatro personas y en Portugal de 38. Entre esas vidas, un bebé de un mes. ¿En qué mundo vivimos cuando nuestro enemigo principal es el ser humano?

Detalle de un árbol tras el incendio

En Galicia uno de los fallecidos es un septuagenario que murió en las labores de extinción. Pero como ella, son muchas las personas que han dejado su vida entre las cenizas. Personas cuyo apellido es heroicidad. Palabra patentada por el pueblo gallego, que no clama al cielo sin antes haberse manchado las manos de petróleo en la costa, de sangre en las vías del tren o de ceniza en el monte que nos vio crecer a todos.

Hoy pagamos lo que unos pocos se han cobrado. Aunque todo esto son solo palabras, la carga emocional que esconden es incalculable. Ojalá cada letra pudiera reflejar el dolor de los gallegos en este momento. Ojalá cada lágrima tuviera su digna representación en estas humildes líneas. Porque a cada gallego, y hablo como tal, le parte el alma ver cómo desaparecen entre el humo miles de majestuosos carballos vigueses, señoriales eucaliptos asturianos o nobles pinos portugueses.

Desde la rabia más profunda miro a mi maltratado pueblo gallego que, aunque no exponga numeritos en la tele como muchos payasos hacen cada día en otras regiones y países, está llorando en silencio como acostumbra a hacer. Un pueblo que quiere mirar al mundo a los ojos y susurrarle: “basta ya”.

Un pueblo que sabe llorar y ayudar al mismo tiempo de forma unida, es un pueblo unido por férreos vínculos que van más allá de banderas o de postureos. Porque, una vez más, Galicia vuelve a dar un ejemplo de solidaridad al mundo. Galiza non se rinde.

Hoy, más que nunca, con el corazón negro, ni olvidamos ni perdonamos.


Imagen destacada: Chandebrito (Vigo) tras el incendio | Borja Cameselle

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