Deslealtad, manuscritos y subastas

ANDREA FARNÓS | Madrid

Franz Kafka, 1906

Vaya día de mierda. Lo cierto es que llueve a mares; Madrid está triste y el cielo lo sabe. La capital empieza a cansarse de estar encerrada y solo existen días y noches. La idea de volver a la normalidad tampoco termina de gustar: se han puesto en evidencia las carencias de un sistema que solo funciona para algunos con traje y corbata. De puertas para dentro -literalmente- la incógnita del futuro desequilibra un cíclico presente. La solución no es hacer un bizcocho de naranja, pero lo haces. Si esta situación – que asfixia, ahoga y hace de las lágrimas la paz – fuese trasladada a novela, podría formar parte de la antología distópica de Huxley, o, si recurriese a una visión de ausencia de esperanza y angustia vital, quizá la soledad de la que gustaba Kafka podría trasladar todo esto al papel. O quizá no. La verdad es que nunca sabremos qué habría hecho el escritor checo ante tal panorama; ¿escribiría a Felice, a quien le dedica una parte íntegra de su obra en Cartas a Felice, publicadas en 1967?¿Soportaría su pesimismo y frustración por la vida y humanidad la inestabilidad de esta situación?

No tenemos ni idea. Lo que sí sabemos es que, si Franz Kafka es, hoy día, la peculiar y brillante figura que conocemos, es gracias a la deslealtad de quien era su máximo confidente y amigo, Max Brod. Este último, también escritor, animó a Kafka en vida a publicar algunos de sus escritos y fomentó su fama y reputación tras su muerte. El autor de Gregorio Samsa falleció en 1924 a causa de una tuberculosis. Antes de que la literatura despidiese las manos de un genio, este quiso dejar constancia de su última voluntad: «Querido Max, te pido una última cosa. Todo lo que poseo, todo lo que hay en los armarios y escritorios, diarios, manuscritos y cartas, debe ser quemado por completo sin ser leído

La traición destapa lo peor del hombre; saca a relucir el interés individual por encima de la fidelidad al otro. Pero, a veces, dicha alevosía regala a las letras el ingenio de la palabra de quien ahora es reconocido como uno de los mejores novelistas del siglo XX. Kafka no es Kafka sino lo que han hecho de él. Si bien es cierto que nueve años antes de su muerte entregó el inicio de Ante la ley (lo que hoy conocemos como El Proceso),  a un periódico sionista de Praga, no es nada comparado con todo lo que vendría después. Max Brod, que afianzó su relación con Kafka con una conversación en torno a Nietzsche, dedujo que el dolor por la existencia de su amigo debía ser conocido. Tan pésima era la autoestima del escritor judío, que en 1913 se presentó a su amada Felice, con quien mantuvo una relación a distancia durante cinco años, de la siguiente manera:  «la verdad es que no soy nada, lo que se dice nada.» Kafka era todo lo nihilista que se podía habiendo sido creado en un ambiente judío. Brod llegó a decir que su amigo tenía un miedo terrible a la muerte porque todavía no había vivido.

Destino Palestina

Cuando sus obras empezaban a ser valoradas en Alemania, el horror bélico amenazó feroz. El estallido de la Segunda Guerra Mundial supuso la temporal despedida a la cultura lejana al régimen. Con la invasión nazi en Praga, Max Brod, por su condición de judío, hubo de emigrar a Palestina. No fue solo: llevó consigo todos sus archivos, entre los que se encontraban los manuscritos originales de El Proceso, El Castillo y América, entre otros.

A partir de aquí comienza una serie de catastróficas desdichas con los originales del autor de La Metamorfosis. Con Brod instalado en Tel Aviv, a miles de kilómetros de lo que había sido su hogar, establece una estrecha relación con su secretaria una vez fallece su mujer. Esther Hoffe, con los años, se convirtió en su mano derecha. En esta época se entregan a la Biblioteca de Oxford los originales de El Castillo y América. El resto continúa en manos de Brod. Pasan los años y, con el fin de la guerra, la popularidad de Kafka se expande por la Europa Occidental y Estados Unidos. El Este, por el momento, le observa con recelo y poco interés ante su crítica postura al poder. Cabe decir que, aunque Dubcek aprobó la circulación de sus ideas, tras la Primavera de Praga de 1968 y hasta 1989, las obras de Kafka entraban de manera ilegal al país con cubiertas de Marx o Lenin para pasar desapercibidas. 

Pero volvamos a Palestina. Se dice que lo kafkiano incluye toda situación enmarcada entre lo absurdo y lo angustioso. Paradójicamente, y con el doble rasero con el que a veces la vida nos confirma ser más lista que nosotros, lo que a continuación se relata se ajusta, sin duda, con dicho adjetivo literario. Así lo definen, al menos, los expertos en la materia. En 1968, y sin descendientes, fallece Max Brod dejando su preciado legado a su secretaria Esther Hoffe. Este le indica que conceda los archivos (con escritos suyos y de Kafka) a alguna institución pública de Israel o del extranjero.

Max Brod y Esther Hoffe ©BBC

Por el contrario, Hoffe comienza a vender los archivos por grandes cantidades de dinero. Subastas donde pujan grandes aficionados al coleccionismo consiguen hacer de oro a quien hasta la fecha era, simplemente, la secretaría del amigo del artista. El manuscrito de El Proceso, por suerte, termina en el Archivo de Literatura Alemana de Marbach. Por si esto fuera poco, Hoffe deja en herencia, tras su muerte en 2007, los archivos restantes a sus hijas. Eva Hoffe se hizo con la mayoría de ellos. Es decir: los manuscritos originales, escritos por puño y letra de Franz Kafka, pertenecían a una anciana residente de un apartamento en la calle Spinoza de Tel Aviv, donde, en el vecindario, se la conocía como la loca de los gatos. Estos fueron trasladados a cinco cajas fuertes en un conocido banco en la ciudad. Continúa aquí una larga batalla legal por adquirir intactos los valiosos archivos.

Kafka ante la ley

Aunque en 1974 un juez había dictaminado que «el testamento de Brod permite a Esther Hoffe hacer con su herencia lo que le plazca durante su vida», en 2016 la sentencia vuelve a ponerse en el punto de mira. Ahora existen tres sujetos en juego: Eva Hoffe, heredera legal de los manuscritos; la Biblioteca Nacional de Israel, que defiende la necesidad de mantener la obra en Tel Aviv por el carácter judío del autor; y el Archivo de Literatura Alemana de Marbach, sosteniendo que la lengua oficial de los escritos es el alemán y que el autor debe regresar a su Europa natal. Apuesto que si Kafka levantase la cabeza jamás habría imaginado dicha contienda legal por sus pasajes. ¿Dónde deberían realmente permanecer los archivos? Ambas naciones buscaban recurrir al autor para limpiar sucesos oscuros de su pasado. A Israel le convenía disponer de los manuscritos para ensalzarse como nación y aumentar su reconocimiento internacional. Por su parte, Alemania dispondría de la obra de un autor judío que, además, expresaba sus ideas en alemán. Finalmente, el archivo permanece en la Biblioteca Nacional de Israel. Tras la sentencia, Eva Hoffe confesó que se planteó quemar algunos de documentos: esta paranoica acción habría resultado ser la voluntad inicial del autor. En El último proceso de Kafka de Benjamin Balint se hace un repaso al completo por los quebraderos de cabeza que conllevó tal juicio.

Con todo lo kafkiano de esta historia se producen grandes incógnitas. Si Max Brod hubiera sabido que los archivos – los cuales había conservado como oro en paño durante años, a sabiendas de su validez – iban a tardar tanto tiempo en pertenecer a una institución pública, ¿los habría dejado en herencia a Esther Hoffe? A esto se le suma el máximo esplendor del absurdo, ¿no es curioso que la vida, en su caótico devenir, llevase a Eva Hoffe a convertirse en la heredera de los manuscritos de uno de los autores más importantes del siglo XX con quien jamás tuvo ningún tipo de relación? Teniendo en cuenta, también, que cuando Kafka fallece en 1924, la conocida loca de los gatos no había siquiera nacido. A todo esto, añado, si el escritor checo hubiera querido realmente hacer desaparecer su obra, ¿no habría sido más coherente que la destruyese él mismo?¿Buscaba, en el fondo, confiar su talento a su amigo, quien ya había sido un activo partícipe en la publicación de sus obras en vida?

Deja una respuesta