Doré, un reducto del cine de verdad

· ROBERTO MACEDONIO | Madrid ·

El magnate de la televisión americana, Jimmy Kimmel, decía en una entrevista que preparaba su programa pensando en las reproducciones que tendría al día siguiente en internet, dejando en un segundo plano la emisión en directo. Cualquiera que quiera tener éxito en televisión escucharía con atención sus consejos para situarse en la primera línea de la sucia liga del entretenimiento. Los fragmentos del programa de Jimmy Kimmel que se suben a YouTube reciben al día millones de visitas desde teléfonos móviles. Es un cambio en los hábitos de consumo televisivo. Pero al fin y al cabo la caja tonta no nos ofrece nada que requiera una especial atención. Confieso que cuando veo la tele, en la mayoría de los casos me siento como un prostituto que se vende al sistema a cambio de un poco de entretenimiento del malo, del que ni siquiera entretiene. De modo que consumir la diarrea internacional a través del móvil tampoco creo que suponga algo muy distinto a lo que estamos acostumbrados.

Diferente es lo que ocurre con el cine. Con el buen cine. Ese que atrapa tus sentidos para darles la vuelta y que después te tengas que esforzar en recolocarlos (o dejarlos del revés). Las nuevas formas de comunicación están adaptando todas las industrias a su propio negocio para sacarle así todo el dinero posible. Mientras, el gran público feliz accediendo a películas desde la comodidad de su querido hermano Smartphone.

Esto no pretende ser una oda tecnófoba contra Netflix, que no deja de tener sus cosas buenas. Ni un llamamiento a que acudamos a las salas de cine. Entre otras cosas porque también he estado en algunas que son para llorar, de esas en las que el de delante te deslumbra tuiteando. No hablemos ya de los estrenos en los que ves todas las butacas de tu alrededor vacías. Estar en una sala de cine vacía es una experiencia casi orgásmica, pero triste. Como los polvos pagados, supongo.

Sin embargo, hay un lugar que funciona como un perfecto exprimidor de películas. Podría haberlo conocido antes para pasar allí las tardes como hacía Totò en el cine de Giancaldo. Tanto es así, que desde que entré me sentí un auténtico personaje d’il grande Giuseppe Tornatore. Aunque no estuviera en el auténtico Cinema Paradiso, ardí en emociones como las butacas del cine más famoso de Italia ardieron en llamas.

La filmoteca española cuenta con la sala de proyecciones más especial en la que me haya jamás sentado: el Cine Doré. En 1923 abrió sus puertas por primera vez, con el estreno de alguna película como La ciudad eterna. Hasta allí te desplazas cuando entras, y eso que la película que vi no tenía nada de clásico. Pero es algo que sobrepasa ese viaje en el tiempo que te regala cualquier edificio bien conservado. Es una elevación emocional.

Crucé el marco de la entrada sujetado por dos columnas que bien pudieran ser las guardianas de las puertas del paraíso. No cualquier paraíso. Uno de verdad. Aún debía cruzar algo mejor todavía: esa puerta de acceso a la sala que se encuentra al fondo, cuyas cortinas no te dejan ver aún su interior, del que esperas que mantenga el encanto en que empiezas a estar envuelto. Finalmente te toma la entrada un elegante señor que custodia la puerta con el mismo cuidado con el que Zeus debía vigilar el Olimpo. Y pasas.

El techo atrapa inmediatamente tu atención. La sala te absorbe como lo habría hecho la ola azul más bella de un gran mar de historias. Y te sientas en una butaca donde algún día pudo haber estado Luis Buñuel. Entonces esperas con grandes expectativas el inicio de la película. Disfrutas la espera, mientras escuchas el susurro de un público numeroso con el que no contabas. Puntual, el noble telón comienza a desperezarse. Y se abre, mientras el chirrío de sus poleas parece querer avisarte de que la película va a empezar. La blanca pantalla ante tus ojos. Todo está dispuesto. Te acomodas de nuevo, ya solo escuchas el aire acondicionado. Y la luz del centenar de bombillas que rodean la platea se desvanece. Tu pupila se dilata, preparada para jugar con la resistencia retiniana. Empieza la proyección. Ahora, enmudeciendo los canales acondicionados del gran salón, es la película lo único que escuchas. Lo único que sientes. Sublime.

Pero no todo lo hace una sala de cine como esa… He de decir que me senté para ver una auténtica obra de arte. Eso también me hizo quedar prendido de la encandiladora experiencia de aquella tarde. Pero no os voy a hablar de la película, necesitaría otro artículo. Otros, mejor dicho.

Lo que me asusta es que la industria no vaya hacia esa dirección. Camina, de hecho, alejándose de cines como el Doré, corriendo hacia un mundo de pantallas que no tienen más de cinco pulgadas, en las que has de esperar cuando tu conexión quiere, por momentos, que dejes de ver la película. Mientras, haces capturas de pantalla de las escenas que te impactan porque no pueden faltar en tu InstaStories. Parece que ahí está el negocio, y ya sabemos lo que manda en este mundo. No las emociones, mucho menos los sentimientos. Tampoco las experiencias. Bueno, solo las que tus amigos virtuales crean que has tenido, las de verdad no cuentan. La industria manda. Que se lo digan a Bong Joon-ho.

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