El arte de la política

· GUILLERMO RÍOS | Madrid ·

Si de algún modo existe algo que me resulte más que soporífero y prolijo sería entonces definir el carácter natural del hombre; aquel “άνθρωπος” social en todas sus dimensiones. Dicho lo cual, dejaré a un lado este menester a los etólogos, antropólogos, sociólogos, psicólogos y… por qué no, a los filósofos.

De estos últimos querría hacer especial hincapié en esta especie de bosquejo de ideas: política es, según una de las definiciones de la RAE, el arte o traza con que se conduce un asunto o se emplean los medios para alcanzar un fin determinado. En el período helenístico donde encontramos a Aristóteles, el arte de la política abarcaba dos dimensiones fundamentales en la teoría de las instituciones: la gestión de la hacienda privada (la casa) y la organización y coordinación de lo que se denominaban las ciudadesestado, como Atenas, Esparta…

Ahora bien, disipando las ideas de la superioridad masculina (pater-familias) de Aristóteles en lo que concierne a la domus, vemos cómo establece en su pensamiento ese modelo del hombre como animal político: un agente que interviene activamente en la sociedad, siendo no más que una pieza de engranaje de un sistema que, a lo largo de la historia, se ha ido transformando en un colosal entramado político-social como lo que es en nuestra actualidad.

Dos modelos de hombre

Jean Jacques Rousseau postularía dos modelos de hombre: el hombre natural, despojado de la cultura, el arte, la religión o la ciencia como medios de corrupción del estado natural del hombre; y, el hombre, como ente privado: un ser cultural, patrimonial, degradado y privado de su naturaleza por la sociedad misma y su deriva. Podríamos decir que la política nace desde que este hombre natural se somete a la servidumbre de tener que convivir en sociedades civiles, comunidades políticas, organizaciones sociales de amplísimos y variopintos intereses – tanto personales como aquellos que afectan a la propia pervivencia del grupo social -.

No obstante, si tenemos que hablar de política hay que hacer algo más: tener la consideración de entablar, de manera sociológica (y tal vez psicológica), dos concepciones de sujeto: el sujeto comprendido como ente individualizado, atómico y racional (como nos diría el gran Renato Descartes). Y aquel ser que acepta de manera voluntaria (o no) formar parte de un grupo. La política entonces se da en ambos polos: las decisiones o directrices que tomamos en nuestras vidas forman parte de nuestra propia política, llamándola, si se pudiera, “nuestra política personal – la personalidad” y la política de los colectivos; aquella que es capaz de influir sobre los demás: ya sea para bien o para mal, aunque no quiero caer en maniqueísmos en esta exposición.

El arte de la política abarca incontables siglos de praxis que, de alguna forma, me gustaría señalar o puntualizar a través de un gran filósofo y pensador alemán del siglo XIX: Karl Marx. Siguiendo entonces la línea del materialismo histórico y dialéctico encontramos que el poder no atiende más que una cuestión de opresión de clases sociales. El propio Marx trae “a la tierra” esos conceptos idealizados-espiritualistas de Georg Wilhelm Friedrich Hegel como la conciencia de ser del hombre, la voluntad (como destacaría Arthur Schopenhauer en su pensamiento) o la dialéctica histórica

Nueva Teoría Política hace un símil muy importante en lo que respecta al poder: cada persona tiene la capacidad en sí mismo de poder, pero el poder no reside en individuos atomizados, sino en las masas, en los gentíos que siguen al digamos: “líder, tirano, monarca, presidente de una república”, etc. La soberanía de un pueblo reside en lo que Rousseau acuñaría como la voluntad general que depositan todos los ciudadanos en esas figuras mencionadas anteriormente…

Retomando a Marx, el poder no sería más que el sometimiento al faraón, al emperador, al patricio, a los señores feudales, a los gremios, a los aristócratas o nobles, a la burguesía, y lo que hoy en día conocemos como el establishment.

Sería muy estúpido y osado considerar el hecho de que la gente tiene la capacidad innata de auto-organizarse en comunidades políticas para así regir libremente sus vidas: bonito sueño utópico brindaríamos, pero entonces nos encontraríamos con los muros del siglo XIX: el estado moderno (producto del deseo de creación de una nación soberana en el caso de Italia o Alemania).

El poder

El siglo XX nos muestra hasta dónde puede llegar esa capacidad que tiene -el poder-: personajes como Lenin, Mao Tse Tung, Ho Chi Minh, Thomas Sankara o el Ché no eran más que simples hombres, pero con una fuerza de transformación social y el carácter de sometimiento a la voluntad general como para llegar a donde llegaron en sus respectivos países con sus consecuentes circunstancias. Aunque, desde un lado contrario, la conciencia y el espíritu nacional exacerbado hicieron de Alemania los designios y desvaríos de Adolf Hitler o de Italia aquel fascismo de Mussolini… y ya ni mencionar a España.

Nada tiene que ver con la actualidad. Algunos sociólogos como Zygmunt Bauman o Manuel Castells lo engloban bajo el término de la post-modernidad: la constante y galopante vorágine de cambios incesantes: fruto del auge de las TIC, la globalización, internet, las R.R.S.S… Es más que claro que el siglo XXI ha abierto un nuevo paradigma en las cuestiones que abarca Nueva Teoría Política: el carácter del poder, la soberanía, la patria, la nacionalidad, la crisis económica, el derecho, las guerras, el florecimiento del fundamentalismo religioso, etc.

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