El temporal «hasta luego» del privilegio occidental

ANDREA FARNÓS | Madrid

 Entre cientos de datos, cifras y números, que no hacen otra cosa que aumentar la inquietud en los salones de la población española, solo nos queda meramente claro que la cosa va enserio. Sí sí, absolutamente enserio.


         Durante años, varias generaciones han estudiado cómo el mundo se destruía así mismo en innumerables guerras a lo largo de la historia. Por no hablar de las que se mantienen activas, pero en silencio: no interesan. Es evidente que unas vidas valen más que otras. Tanto es así que, hasta que no nos vimos acorralados por un peligro alertador, manteníamos nuestras cabezas fijas en la pantalla del ordenador de la oficina sin preocupación alguna sobre quién pasaba hambre, frío, ambos. Quién salía a la calle a manifestarse por el derecho a un sueldo digno, quién huía del terrorismo de Estado, quién pedía refugio en Europa; todo eso daba igual, qué más da.

En ocasiones me repito que  «la vida sabe lo que hace». Quizá para calmar la ansiedad o para darle una explicación a todo aquello que no entiendo, que me sobrepasa, que es irracional para mi raciocinio. Pero firmemente, lo creo. Y es que, ahora que lo más cerca que estamos de tomar el sol es asomarse a la ventana, ¿no deberíamos tomarnos esto como un toque de atención? Evidenciamos el poder y repetición de la Historia: los que están arriba luego están abajo, y viceversa. Y es que un virus no entiende de poder adquisitivo, de fuerza militar o ausencia de moral. Por ello, la protegida, ensalzada e intocable Europa está viendo su burguesía mermada por las garras de un ser ni vivo ni muerto (los virus se encuentran en este limbo que no entiendo), que, cuanto menos, acojona.

Nuestros privilegios de sociedad del primer mundo continúan respaldándonos. Una sanidad pública (que escasea de todo, pero ese es otro cuento) que se deja el alma en cada paciente. Porque, para qué negarlo, cualquiera preferiría enfermar (de coronavirus o de cualquier cosa) antes en España que en Kenia. ¡Y si eres político, mucho más! De lo contrario…quédate en la cama, porque no damos a más. Sin duda, lo más triste y perturbador de esta historia, es que es verdad. ¿Y si faltan recursos en la cómoda esfera europea, cómo estarán en aquellos lugares  que nisquierasabemoscomosellaman?

Aun con esto, no podemos ignorar el sentimiento de desconcierto y angustia. «¿Qué coño está pasando?». Lo que está pasando, sin ir más lejos, es la vida. Es una pandemia mundial,  de esas que de vez en cuando se repiten para recordarnos lo frágiles que somos. Éstas, en concreto, nos hacen entender que no importa de dónde vengas, quién hayas sido o con quien te rodees: el bicho (y el miedo) irá a por ti igual.

«¿Qué coño somos?». Somos levedad, flaqueza, cuerpos de fácil destrucción. Por ello, y con absoluto desconocimiento de si ya es tarde, hagamos las cosas bien. Sí, sí, sí, quédate en casa. Pero a parte de salir a aplaudir a la ventana; lo cuál me parece cuanto menos admirable y emocionante, quizá debamos a su vez tomar conciencia de lo que somos en su conjunto. Y por qué tú te curas y el de al lado no. Y por qué tú tienes una casa en la que #quedarte y otros no. Y por qué, y por qué, y por qué. En definitiva, creo que disponemos de la oportunidad (y el tiempo, porque ahora sí que tenemos tiempo) de reconvertirnos como humanos: apreciar un abrazo y agachar la cabeza. Nos ha tocado, a pesar de privilegio occidental que nos alimenta el ego, nos ha tocado. Y no dudo de que salgamos de esta, pero si podemos hacerlo valorando más lo simple y cotidiano (como dar los buenos días a quien quieres), y entendiendo que las enfermedades  o patologías no entienden de color o continente, pues mejor, ¿no?

 

© Fuente fotográfica: Telemadrid

 

 

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