Eufrosina Cruz Mendoza, activista y política: «El reto como sociedad es aprender a ver a los pueblos y mujeres indígenas con los ojos correctos»

ANDREA FARNÓS | Oaxaca de Juárez 

 Cruz Mendoza consiguió modificar la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos y su iniciativa por los derechos de las mujeres indígenas fue aprobada por las Naciones Unidas. 


              Eufrosina Cruz Mendoza me recibe en su despacho en la Ciudad Administrativa. Hoy, es la Directora de la Secretaría de los Pueblos Indígenas y Afroamexicanos de Oaxaca. Durante el período de 2012–2015 fue Diputada Federal en la LXII Legislatura de la Cámara de Diputados, período en el que modificó la Constitución Estatal y Federal, pero el camino al éxito no ha sido fácil.

Los orígenes de la activista y política se remontan al seno de una familia indígena en Santa Maria Quiegolani, una comunidad entre montañas en la Sierra Sur del estado mexicano de Oaxaca. A seis horas de la capital de la región, rodeada de verdes montes, la economía tradicional es el sustento principal de sus ciudadanos. Su lengua natal es el zapoteco y, entorno a los doce años, comenzó a practicar el español gracias a su maestro de la escuela. La situación de las mujeres se limitaba – aunque esto no está erradicado por completo – al cuidado del hogar y de los hijos.  A los 12 años están listas para contraer matrimonio y empezar a gestar. La figura de Eufrosina ha supuesto una revolución en cuanto a empoderamiento femenino indígena se refiere.

El Estado de Oaxaca se divide en 570 municipios. De estos, 417 se rigen legalmente por los usos y costumbres. El artículo segundo de la Constitución política mexicana establece que los municipios indígenas pueden regirse por formas propias de autogobierno para gestionar su comunidad. El término usos y costumbres o Sistemas Normativos Internos hace referencia a este tipo de organización social y política donde, sin la intervención de partidos políticos, las asambleas populares de los miembros de la comunidad pueden elegir a sus representantes gubernamentales. El problema viene cuando esos usos y costumbres no permiten a las mujeres participar en estas asambleas. Eufrosina consiguió modificar esta ley no escrita a través de su activismo.


PASADO


 

Pregunta: Háblanos de su infancia. Cuénteme qué vio, qué vivió, qué no entendió para decidir irse…

Respuesta: Yo nací en un entorno en el que me concienciaron de que tenía que repetir la historia de mi madre, de mi abuela, de mi hermana. Las primeras en levantarse y las últimas en irse a dormir. Se supone que eso es lo que tenemos que hacer las mujeres. Te estoy hablando hace 30 años…pero, en mi comunidad, no había luz, no había carretera y el suelo de las casas era de tierra. En mi escuela tampoco había mesas, sino unas tablas de madera. Ahí conocí a mi maestro, el personaje de mi historia que me ayudó a transformarme y construirme. Él me explicó que yo tenía otras posibilidades. Yo no entendía muchas cosas de mi comunidad que, como ocurrían cotidianamente, se volvieron  «normales» y se amparaban en los usos y costumbres. Hoy, ya adulta, entiendo que mi costumbre es otra cosa: es mi lengua (zapoteco), es mi vestimenta, es el sonido, el aroma…pero no la violación de mis derechos humanos. Soy una persona capaz de razonar y de pensar. ¿Por qué se sigue produciendo esto? Porque la sociedad no ha mirado a los pueblos indígenas con los ojos correctos. Nos han hecho creer, incluso la política pública, que somos grupos vulnerables. Espérate, no soy vulnerable. Lo único que me han faltado son oportunidades. De entrada, para mí la vulnerabilidad es que otros tienen que decidir por ti, otros piensan por ti. Están minimizando mi capacidad.

 

Mi mundo era un suelo de tierra, levantarme a las 3 de la mañana para quebrajar el nixtamal con mi madre y servir a mis hermanos. También tenía que acompañar a mi padre al rancho a limpiar la milpa. Después, los domingos, que se supone que es día de descanso, los chicos jugaban y se bañaban y yo lavaba la ropa. En mi subconsciente, no era capaz de entenderlo. A mi hermana la casaron con 12 años, con 13 ya era madre y con 31 había tenido nueve hijos. Las mujeres de mi edad en mi comunidad ya son abuelas. Yo tengo un hijo de siete años porque yo lo decidí, no es lo mismo. Empecé a darme cuenta de que no me gustaba hacer tortillas, no me gustaba servir a mis hermanos, no me gustaba alimentar a los animales…cuando me dejaban a cargo del cerdo, me iba con los niños a jugar a la cancha. Y ellos me dejaban, no les parecía raro que una chica jugara con ellos. Pero en casa sí. Como adultos, creamos estereotipos. Los niños tienen una función y las niñas tienen otra. Eso es lo que hay que cambiar.

P: ¿A qué edad decide irse y cómo reaccionó su familia?

R: Me fui a los 12 años. Recuerdo que, cuando todavía vivía en mi comunidad, a veces me tocaba ir a por leña. Ahí me escapaba a una piedra desde la que se divisa toda la montaña. Estamos a 2800 metros sobre el nivel del mar y recuerdo imaginar qué habría detrás de todo aquello. Hablarán igual que yo, serán igual que yo…Con todo eso, entendí que eres tú misma la que tiene que construir tus propias oportunidades. Si no cambias tu historia, nadie lo hará por ti. Yo no quería acabar la primaria, casarme y tener hijos. Tuve que huir de mi entorno, no para olvidar quién soy, sino para decirle a la sociedad que yo también pienso, razono, y que no soy solo un objeto de investigación. Se estudia a las comunidades indígenas como si fueran pobres de alimentos…y no, comida hay mucha, de donde son pobres es de educación. Cuando una mente no se educa, cree que lo que ve está bien. Cuando me fui, mi padre me dijo que me olvidara de ellos porque no había más posibilidades que repetir la historia de mi hermana. Decidí irme igual, anduve 12 horas hasta llegar a la comunidad más cercana y cogí un bus a la gran ciudad, Salina Cruz. Ahí es donde más discriminación experimenté. Es donde más me dolió ser mujer y ser indígena. Me juzgaban mis facciones, mi tono de voz…me veían como alguien sin aspiraciones. La definición de ser indígena es que tu origen es tu destino. Y no es así. Mi origen es mi cultura, es mi lengua…pero no mi destino.

P: ¿Qué significó su maestro para usted?

R: Él me ayudó a entender que yo podía cambiar mi historia. Fue el primero en enseñarme a leer en español, a pesar de que yo no entendía ni una palabra. Recuerdo que sonaba precioso a mis oídos. Después, cuando me fui a la ciudad, comencé a aprender a hablarlo. Además, mi maestro caminaba más de 12 horas para llegar a mi comunidad. Traía recortes de periódico y ahí venían fotografías de sitios que no había visto jamás. Por eso para mí la imagen construye y cambia paradigmas. Mi sueño era ir a esos sitios. Él era diferente a los hombres de mi pueblo. Me protegía, me dejaba jugar con canicas y llegar a casa un poco más tarde. Cuando así era, mi padre me regañaba porque todas las niñas estaban en sus casas una hora antes que yo. Desde niña me volví rebelde. Fue gracias a mi maestro, él fue mi inspiración. De mayor entendí que por su homosexualidad, amaba la libertad. En esa montaña de mi comunidad él era feliz porque nadie le cuestionaba. Era libre y yo quería ser como él.

Pregunta: ¿Cómo se ha sentido más discriminada, como mujer o como indígena?

R: De las dos. Vivir esas dos experiencias es muy duro,  pero también te hace entender que somos una sociedad muy discriminatoria. En general, en todo el mundo hay una diversidad cultural que no entendemos como sociedad: diferentes rostros, tonalidades, colores, tamaños…y eso nos hace grandes. Esta es indígena y es mujer, es la chacha, me decían. Son dos emociones que me ha tocado experimentar pero que me han hecho más fuerte. Ahí entendí que es mi responsabilidad. Yo tenía que cambiar mi historia y nadie más iba a dar el primer paso. En las ciudades es donde más se juzga, donde más estereotipos hay. El reto como sociedad es aprender a ver a los pueblos y mujeres indígenas con los ojos correctos. No como museos andantes, no como grupos vulnerables, no como algo a estudiar. Yo no responsabilizo ni a mi madre ni a mi padre por casar a mi hermana, es lo que les habían dicho que era correcto. Mi padre falleció hace dos años y, antes de eso, entendió que su hija no estaba mal y aprendió a darme un abrazo.

P: Cuando en 2007 se presenta a Presidenta Municipal, ¿usted sabía que los usos y costumbres no le iban a dejar ganar?

R: Sí, era como un reto con los jóvenes del pueblo. Cambiar paradigmas de los adultos es muy complejo, pero con los jóvenes no. Están ahí, queriendo hacer cosas. Cuando entiendes que existe esa Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos donde dice que todos somos iguales y eso no pasa, te das cuenta de que algo falla. Nuestra costumbre es otra cosa…nuestra fiesta, nuestra lengua, nuestros sabores…y no la detención de mi capacidad. Cuando se da esta posibilidad los jóvenes me dijeron  «venga, que nosotros vamos a votar por ti». En esta historia no solo violentaron mi derecho, sino que violentaron los derechos de los jóvenes que me votaron. No me dolió lo que me dijeron – tú no puedes por ser mujer–  porque no fue responsabilidad suya, pero cuando llegas al pueblo grande a quejarte y te dicen que  «es la costumbre de tu pueblo», piensas que cómo es posible. En 2007 no había ninguna ley que me protegiera porque era una ley no escrita. Ningún tribunal quiso llevar mi caso porque era atentar contra la democracia en mi estado. Es cuando yo decido ingresar a la política porque entendí que la respuesta estaba ahí. Decidí asumir los señalamientos, cuestionamientos…tenía que ir yo a por esa reforma, arrebatar ese espacio para cambiar la Constitución de mi estado, de mi país y que la ONU adoptase la iniciativa. De lo contrario, hoy no habría la mitad de mujeres en el cabildo de mi comunidad. Como queremos ser visibles para el mundo si no somos visibles para nuestro entorno. No quiero ser más objeto de investigación.

 


PRESENTE


 

P: ¿Qué mujer le inspira a usted?

R: Mi hermana y mi madre. A mi hermana le robaron su inocencia, no por culpa de mis padres, sino por la marginación educacional. Hoy la admiro porque, sus seis hijos – los tres primeros fallecieron por tenerlos tan joven –  tienen una profesión. Yo fui la primera en educarme en mi comunidad y, cuando la primera persona da el paso, otros dicen yo también. La educación es capaz de transformar toda realidad, solo queremos una oportunidad. Queremos que nos vean como personas capaces. Entendí que había que cambiar ese uso y costumbre. Tenía que ser la loca del pueblo para aprender una nueva forma de convivencia. No es malo jugar en la cancha, sentarse en la mesa, tomar un mezcal…no se acaba nuestra cultura e identidad indígena con eso. Al contrario, fomentas la igualdad y la armonía.

P: ¿Qué son para usted los usos y costumbres?

R: Los usos y costumbres son, por ejemplo, la celebración del Día de Muertos: convivir con los padrinos, ir a el panteón… es todo un ritual. Eso lo amo y me encanta. Además, todos en Quiegolani hablamos zapoteco. Es una forma de interpretar el mundo. Mi padre no sabía leer pero me enseñó a amar la tierra. Cuando le acompañaba al campo, hacía un hoyo para meter una mazorca. Primero daba agua a la madre tierra, saludaba los 4 puntos cardinales y decía:  «Solo te pido que alcance para dar de comer a mis hijas». Me enseñó a tener respeto. De la tierra venimos y ahí regresamos. Cuando falleció mi padre fue un ritual muy bonito…fue de te devuelvo de donde vienes. Ahí amé más mi cultura, pero no la violación de derechos humanos. Que no se amparen en nuestras costumbres para eso. Las niñas se casan a los 12 años porque no han visto más posibilidades. Eso no son usos y costumbres.

 

Eufrosina Cruz trabajando en su despacho
Eufrosina Cruz trabajando en su despacho © Conciencia Cultural

P: ¿Cómo se lucha por la igualdad de género manteniendo la esencia y el respeto por la cultura indígena?

R: Las mujeres siempre han estado en el desarrollo de las comunidades. Solo hay que revalorar lo que aportan todos los días. En una comunidad, las que están en el comité de padres de la escuela son mujeres, las del centro de salud son mujeres, las que se levantan a las 3 de la mañana para que el esposo vaya al trabajo comunitario del pueblo son ellas. Esa comida es para que el señor coma y trabaje en beneficio de la comunidad. Cuando hay una fiesta, las que hacen la comida para todos los visitantes son las mujeres viudas y solteras, para que luego les digan cosas como «consíguete un marido». ¿Cómo? ¿Tres días en el fuego trabajando con humo para que no se valore? Se dice que las mujeres no participan. Una señora de mi pueblo le dijo a un hombre una vez: «Pues gran cosa ser topil (hombre que ejerce de alguacil en comunidades indígenas), irme a dormir a una silla». Hay que revalorizar la aportación de cada una en las comunidades. Se está construyendo, pero cuesta trabajo. Son paradigmas inculcados,  pero sí se pueden romper. Logré que mi padre, un hombre muy machista, que golpeaba a mi madre y vivía en violencia, cambiara después de 68 años. Es un tema de un nuevo diálogo sin que nadie gane. No porque sea mujer me lo merezco, pero tampoco porque sea hombre. Romper estas cosas que nos han impuesto, ¿por qué? porque, repito, no se ha mirado a los indígenas con los ojos correctos.

P: Continúa habiendo comunidades en Oaxaca que se rigen por usos y costumbres. Dentro de estas, ¿hay todavía comunidades que no permitan a la mujer participar en el voto activo o pasivo?

R: Ahora, gracias a la reforma, participan mujeres en todas. Si un municipio no presenta a 2 mujeres mínimo es su planilla, a través del Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Federal Electoral, se anula la Asamblea. Es lo que me cuestionan a veces, me dicen que impuse una ley no consultada, pero gracias a ella, ya participan las mujeres en política. Me lo preguntas en 2007 o 2008 y parecería un sueño.

P: ¿Se esperaba tener esta repercusión?

R: No tanto. En 2014 cuando logré la reforma de la Constitución Federal, no paraba de llorar en la tribuna. Hacía un recuerdo de mi vida, de esa niña descalza en esa piedra. Jamas pensé que modificaría la Constitución de mi país. Sí podemos romper nuestros propios paradigmas. Sí podemos cuestionar, exigir, decidir. Es un derecho y lo tiene que ser de manera automática. Hay lugares donde todavía no es así porque no toda la sociedad ve con los ojos correctos esta desigualdad en estos sectores de la población.

P: ¿El feminismo tiene ideología?

R: No debiese. Me gusta la igualdad y el equilibro, ahí cabemos todas y todos. La igualdad es, a final del día, la felicidad. Esa no tiene sexo, género, definición. Yo no me estoy peleando con la otra parte, pero no quiero ir atrás. Yo quiero que mi niño crezca en una sociedad donde él construya sus oportunidades y no lo defina si es niño o niña, sino porque él lo hizo y lo peleó. Si eso es feminismo, soy feminista. Yo no me he sentido víctima, son las circunstancias de la vida y tienes que cambiarlo, y si tienes aliadas y aliados, el cambio es menos complicado.

P: En 2019 se despenalizó el aborto en Oaxaca, ¿hasta qué punto es realmente accesible para las mujeres en comunidades indígena?

R: Una niña de 13 años ni si quiera tiene en su subconsciente abortar. Le construyeron que tiene que casarse a esa edad, de ahí la importancia de la educación. Cuando una mente se libera de un tabú y paradigma, una decide qué es bueno y malo. Es nuestro cuerpo y nosotras decidimos. Cada circunstancia es diferente, tú no puedes opinar porque una mujer decida abortar. Es su derecho, su conciencia, su libertad y su derecho de vida. El sueño es que una niña sepa que no la pueden obligar a los 12 años a ser madre, pero hay que trabajar con mamá y papá. Que entiendan que eso no es normal. Eso es violencia. No es costumbre. Eso tiene que involucrar también a los hombres de la comunidad porque ellos tampoco lo saben. Su subconsciente ha creído que eso es lo bueno. Es complejo porque de las 68 etnias que hay en México, 16 están en Oaxaca.  Yo aprendí  la palabra aborto ya de mayor. Veía a mi hermana tener hijos, a mis amigas…es un tema de ir a hacer conciencia.

P: ¿Está visibilizada la violencia a mujeres dentro de las comunidades indígenas?

R: Queda mucho por hacer. Vamos a empezar una campaña para explicar qué es la violencia en las comunidades mediante imágenes de su entorno para que lo entiendan. De haber sonido, este debe ser en su primera lengua. Lo vamos a ir difundiendo en cada comunidad con altavoces. ¿No saben leer y escribir? Pues se hace con imágenes. En uno de los videos se muestra a una abuela aliviada porque murió el esposo. Hay violencia amparada en usos y costumbres y queremos, desde lo comunitario, reconstruir estos tejidos sociales. No es normal que te griten, eso no es cultura. Y puedes ir a la cárcel si lo haces. Nos acompaña la fiscalía para que entiendan que existen consecuencias. Queremos que la violencia deje de ser costumbre.

P: ¿Le gustaría ser Gobernadora de Oaxaca?

R: Es el sueño de cualquier oaxaqueña y oaxaqueño. Pero sobre eso, mi mayor sueño es que nunca más le tengan que decir a una niña que es lo que tiene que hacer. Es como el libro de Cuento de buenas noches para niñas rebeldes, para mí representa que cada mujer que viene en ese libro deshizo las reglas. Yo quiero que todas las niñas desafíen esas reglas y cumplan sus sueños. La educación es la medida. Tenemos que aprender a mirar a los pueblos indigenas y a las mujeres indígenas con los ojos correctos. Es como la película de Yalitza (Roma, de Alfonso Cuarón) en la que vino a detonar más discriminación porque ella es la chacha. La que tiene que servir y obedecer. Cómo vamos a romper los paradigmas si así lo visualizamos. Por eso yo hablo y digo que lo que le urge a la sociedad es reconfigurar su mente para que aprenda que somos una sociedad multicultural con diferentes sonidos y rostros.

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