“Las fronteras son agujeros negros donde desaparecen los seres humanos”

• Pero nos da igual

         No sabría con certeza indicar en qué época de la historia nos situamos. Con la era digital, el mundo dio un vuelco y nos llevamos las manos a la cabeza ante tal revolución en cuanto a maneras de producción y consumo. Mucha información, poca relevante. Con el paso del tiempo, este período dispondrá de un nombre nuevo que recoja no solo la expansión de la informática, sino la devastación de la tierra, el cambio climático y los altos niveles de depresión y estrés de una sociedad que no llega a tiempo a todo lo que le rodea.

Si hay algo que no pongo en duda son las palabras de Maruja Torres, quien, ayer, en el Teatro Español de la Plaza Santa Ana, afirmaba que nos encontrábamos en la “era de la inhumanidad.” Hay situaciones que, aunque variemos el espacio temporal, perduran de manera inminente: el desprecio al pobre. Otras, en cambio, han surgido en los últimos años: la indiferencia del pueblo.


12 de septiembre de 2019. Teatro Español. Plaza Santa Ana. Madrid. Son las 20h de la tarde y el público aguarda, con las luces recién apagadas, a que dé comienzo el evento.

Aparece en el escenario una Mónica G. Prieto vestida de negro frente a un micrófono que recoge sus palabras con la misma inquietud que el público. La periodista relata el recorrido de miles de familias que huyen de Siria hacia un Occidente que les dice, sin escrúpulos, que no pueden pasar. Esto ya lo sabemos: crisis de refugiados en Siria. Hace tres años, era noticia. A Europa le encanta mostrar su preocupación por el otro (durante un rato) y darle la espalda cuando la sociedad no mira. Hoy, la crisis de los refugiados nos es indiferente. Torres citaba al escritor griego Theodor Kallifatides con la siguiente afirmación: “La actual situación moral de occidente me ofende personalmente.”

No cuento nada nuevo. Que los medios se ciñen a intereses económicos por encima de la rigurosidad y la ética, es un hecho. Pero, ¿hasta que punto es necesario convertir la noticia en un drama de ficción? Los periodistas que ayer estuvieron en el Teatro Español visibilizaban la carga cinematográfica de la información actual. Seguir los sucesos como si de una película se tratase: hay un bueno, un malo y una víctima. El cuento tradicional se traslada a la pequeña pantalla y consumimos cuáles siervos. No nos preguntamos, no nos cuestionamos. Quizá Huxley no estuviese tan equivocado o quizá no hayamos sido enseñados en condiciones.

Rosa María Calaf exponía que “hay que educar al ciudadano para que se defienda como ciudadano y defienda la ciudadanía”. Pero, para llevar esto a cabo, se requieren inquietudes. ¿Es culpa de la sociedad de a pie por permitir que los medios de comunicación nos invadan de tal información o viceversa? Es la pescadilla que se muerde la cola.

Miro alrededor y me doy cuenta de lo mucho que se nos olvida la responsabilidad social que tenemos como ciudadanos. Pertenecemos a la región del planeta que se coronó con oro con la Declaración de los Derechos Humanos. Pero no la cumple: porque en Europa ya somos muchos, porque no cabe más gente, y porque nos da absolutamente igual. Este tipo de conflictos en Oriente llevan ocurriendo décadas; tan solo nos levantó el mínimo interés cuando el problema llamaba a las puertas de la frontera europea. Javier Balauz, director de periodismohumano, expuso algunas de sus fotografías tomadas en campos de refugiados. Llantos, hambre e incertidumbre. Algo falla. Nuestra moral falla.

La idea de que la Unión Europea ha conseguido crear del mediterráneo el límite entre “los aceptados y los despreciados” era expuesta por Maruja Torres. Ha llegado un punto, incluso, en el que quien pone de manifiesto este tipo de situaciones pasa a ser el enemigo. Se está criminalizando el sentido de humanidad sin ser conscientes de que tenemos voz (y voto…). Ejemplificando el poder del pueblo, los ponentes explicaron cómo tras la brutal masacre de Srebrenica en 1995, la UE dijo basta. Tenemos el poder de cambiar las cosas pero no el interés suficiente.

Queda así reflejado que unas vidas valen más que otras. Que Europa olvida sus años de miseria cruzando el Atlántico hacia América Latina por un trozo de pan. Que el consumo de información masiva ha desembocado en la conformidad del lector: su indiferencia provoca sociedades estúpidas. Que confundimos veracidad con entretenimiento y vivimos la noticia con las características de Hollywood. Nuestra pereza intelectual nos tiene desvinculados de las realidades que más atención exigen. La precariedad laboral de periodistas preocupados por el tema no permite que todos puedan enfocar su vida a ello. ¿Cuáles el papel, por tanto, del profesional de la información ante tal situación? Hay iniciativa, pero, ¿hay medios para llevarla a cabo? Aun así, ningún trabajo será transcendente mientras los receptores continúen en este estado vigente de conformidad absurda.

 

Cuando vinieron a apresar a los comunistas,

yo no dije nada, porque no era comunista.

Cuando vinieron a apresar a los socialdemócratas,

yo no dije nada, porque no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a apresar a los sindicalistas,

yo no dije nada, porque no era sindicalista.

Cuando vinieron a apresar a los judíos,

yo no dije nada, porque no era judío.

Cuando, al fin, vinieron a apresar a mi,

ya no quedaba nadie que pudiera alzar la voz en mi defensa.

Martin Niemöller, 

pastor alemán recluido  entre 1937 y 1945

en los campos de concentración de Sanchsenhausen y Dachau (1945)

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