Lo gay

· JORGE DÍAZ-SALAZAR | Madrid ·

El gay, el buen gay- según el diccionario capitalista- ha de ser blanco, clase media, cosmopolita, joven y sobre todo de aspecto heterosexual. Es eso de gay “pero que no se note”. Y si se nota, al menos que su histrionismo sea como un juguete navideño para el niñito de papá. Ah, y una última cosa. Consumidor. Sobre todo ha de ser un fiel consumidor. Pues no hay que olvidar- el capitalismo nos dice- que lo gay se compra.

Para quien no estuviese al tanto, solo hay que remitirse a los titulares en prensa en los que el Orgullo parece sinónimo de lotería. Las cifras que recauda son pronunciadas, casi con tono orgásmico, por políticos y empresarios que se frotan las manos mientras esperan ansiosos a la próxima celebración. Un orgullo que parece planificado para ser una verbena “cuqui” y atractiva en la que los opresores son los dueños del tinglado. Por no hablar de las carrozas. Patrocinadas por empresas privadas que muy poco tienen que ver con la declaración del alma y los derechos de la diversidad sexual.

De este modo, nos dicen, lo gay se compra. Es un valor rentable y económico que se ha de explotar hasta la saciedad. Tanto, que su causa se olvide. Tanto, que el propio opresor se ponga un frac por vestido y simule fehacientemente solidarizarse con la revolución. Pues, parece ser, que para ser gay, un muy buen gay, primero se ha de pasar por el tamiz de la normatividad.

Es un tanto curioso, llamativo, que mientras los locales gays se proliferan, en su elitismo rancio y añejo, el resto de causas de un colectivo de disidencia queden relegadas a la esquina del subsuelo. Es inadmisible, y llamativo, de nuevo, que la marca gay, que tanto adora el neoliberalismo, pretenda vendernos, y nosotros comprarlo, una identidad consumible y mercantilizada que tan rápido adora a la drag de Canarias como pasa a convertirse en excluyente.

Hablar del orgullo no es hablar del dinero, ni tampoco causa única de gays. El orgullo es la declaración del amor libre en la que negros, romaníes, lesbianas, transexuales, bisexuales, asexuales, queers, intersexuales, y cualquier otro tipo de identidad disidente a lo normativo, ha de verse incluida. No se puede adoptar esa misoginia tan carca y machista en la que la causa de la mujer, por ejemplo, siga quedando olvidada. Y menos la imagen racista y derechista que pretende hacerse de lo gay.

Lo gay no se compra. El amor no se consume. Ni siquiera es una forma de ser. Mucho menos de vivir. Son sentimientos. Emociones a flor de piel que tanto un vecino de Chueca como una discapacitada lesbiana tienen el derecho a reclamar. Pues el amor nos pertenece y no puede ser la marca de ningún mercado.

Tan horrible es lo que ocurre en Chechenia como la sensación de que un colectivo olvida su causa y pica el anzuelo del engaño. Pues el hostigamiento del olvido, aunque no sea físico ni verbal, puede terminar por ser tan opresor como el sistema que lo alienta.

Esto último es importante. No hay que olvidar que toda opresión universal es sistémica, y que, redundantemente, se apoya en los pilares de un sistema heteropatriarcal que pretende ahora adoptarnos. Sí. Alquilarnos. Comprarnos como el que compra una hamburguesa en el Mc Donald y la baña en salsa rosa para hacerla masticable.  Sabrosa. Dulce. Tan atractiva que viene empaquetada como en una bolsa del Primark.

Por favor, solo recordar que no somos ningún producto consumible y que mucho menos necesitamos de heterosexuales, como tan frecuente hace la revista Shangay en sus entrevistas, que opinen sobre nosotros. Que nos aprueben. Que nos den el visto bueno para poder vivir en libertad.

El capitalismo es la causa de muchos problemas. De casi todos. No podemos darle el beneplácito de hacerle creer que es la fuente de la salvación. Su pinkwashing no nos sirve. Ni tampoco su máscara. Ya se vista de feminista, antirracista o progay.

Pues como nuestra salvación dependa de Kendall Jenner y su lata de Pepsi, vamos bien.

Irónico, ¿verdad? Pues eso.

 

 

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