Más allá de la integración educativa

· SARA MARTÍNEZ | Valencia ·

 •Algo se sale de la norma cuando asumimos que hay una.


Qué fácil sería el mundo si diéramos por hecho que cada individuo es distinto, y por ello, adaptásemos todos los entornos de forma flexible para amoldarse ellos a nuestra diversidad. Dicho así nos quedamos en un mero plano teórico, que no puede incitar a más que al debate hipotético. Pero no, esto no va de eso. Hoy hablamos, en concreto, de educación.

En temas de inclusión escolar hemos avanzado, sería absurdo negar que los centros se asemejan hoy en día más a lo que debieran ser que en años anteriores, pero queda. Y es que el tema de la diversidad educativa continua bajo cierto halo de estigmatización y tabú.

A ningún profesor le pasa desapercibido que hay alumnos que no siguen el ritmo de la clase, tanto porque les resulta demasiado rápido como infinitamente aburrido. De estos niños decimos que tienen un “perfil de aprendizaje atípico”, porque sí, parece que el resto es “normal” y ellos los únicos que no participan de ese modelo educativo “correcto”. Pero lo cierto es que, si cambiamos de perspectiva, si miramos más de cerca, todos los jóvenes son “atípicos”. Cada persona tiene unos rasgos de personalidad, experiencia previa y situación que hace de su enfrentamiento al aprendizaje una aventura completamente individualizada.

Tal vez lo que ocurra es que hay muchos de esos perfiles personales que de una manera más o menos cómoda pueden limarse para adaptarse aquello a lo que llamábamos “el ritmo de la clase”.  Y sólo aquellos que presentan características más alejadas de ese patrón impuesto son los que chirrían dentro de un sistema educativo encorsetado. 

¿Cómo flexibilizamos el sistema? Bien, en primer lugar arremeter como siempre con los presupuestos destinados a educación. Es muy complicado aplicar la visión que planteo de la enseñanza con 30 alumnos por aula, donde ya parece una hazaña aprenderse los nombres como para entender a cada uno. Reducir el ratio por profesor es una exigencia casi imprescindible para convertir el aprendizaje en una experiencia individualizada.

Aun así cambiar este tipo de cuestiones se ve muy lejano desde la base, por lo que hay que encontrar otros puntos sobre los que intentar intervenir. Considero también de gran importancia el cambio de mentalidad de gran parte del profesorado. No es raro escuchar aquello de “A mí en la carrera no me enseñaron suficiente para atender a un TDAH”. Y al poner la etiqueta al niño nos olvidamos de que, en realidad, no es más que Juan. Un niño aparentemente “revoltoso” al que se le dan mal algunas asignaturas, pero le interesan tantas otras, aunque le cueste estar los 40 min que dura la materia mirando a la pizarra sentado. Y claro que en la universidad no te pueden preparar para atender a Juan, específicamente, porque también están Pedro, Lola, Manuel… Todos ellos con características sumamente concretas, que los hacen quienes son. Y lo triste, es que tal vez alguno de ellos, al no tener una etiqueta, no recibirá la atención individualizada que requiere. Porque asumimos que si no tenemos un diagnóstico, todos aprendemos igual. Mentira.

Desde esta perspectiva invito a que todo el profesorado se sienta motivado a conocer a sus alumnos. Sin asumir lo aprendido en la universidad como una limitación, sino como una base sobre la que explorar, a partir de la cual seguir aprendiendo. Y para ello nunca olvidar que si asumimos que todos somos distintos prepararemos actividades flexibles que se adaptan a los perfiles de aprendizaje de nuestro alumnado. Y así dejaremos de pretender que sean nuestros jóvenes los que se amolden al patrón de aprendizaje establecido.

No me gustaría que esto sonase a ataque contra un profesorado que en muchas ocasiones hace todo lo que puede, y más de lo que se le exige. Entiendo que el contexto, sus condiciones laborales, horarios y salarios no permiten que ellos mismos exploten su potencial docente. Pero aun así, me gustaría recordar que no puede quedar olvidado en el devenir de los días, que ser profesor requiere de una adaptación continua a nuestro alumnado. Donde no hay niños “especiales”, tan solo niños cuyas necesidades no están siendo cubiertas.

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