Otro musical de cine en Madrid: Billy Elliot

· ROBERTO MACEDONIO | Madrid ·

La historia de Billy Elliot conquistó al mundo en el año 2000, cuando se estrenaba la película de Stephen Daldry, protagonizada por un jovencísimo Jamie Bell cuyo personaje daba una lección de coraje entre coreografías de ballet y claqué. No imaginábamos entonces que casi dos décadas después, esta historia cargada de significado, situada en las revueltas mineras británicas de 1984 -aquellas que debilitaron la lucha sindical a favor de una depredadora Margaret Thatcher- seguiría sirviendo de semilla creativa para nuevas propuestas artísticas. El mensaje político es secundario para un niño huérfano que no entiende muy bien lo que pasa en casa, esa casa monoparental que rechaza radicalmente la danza, una cosa de niñas y maricas. El guion de Stephen Daldry va todavía más allá: solidaridad, cooperación, lucha, transgresión y amor a través del pequeño de la familia Elliot.

Familia Elliot interpretada por Adrián Lastra, Carlos Hipólito y Pau Gimeno.

Pero una cosa es el cine y otra el teatro. Es como con los libros, cuyas adaptaciones a la gran pantalla temes si has disfrutado leyéndolos en papel. Hice un ejercicio de valentía para entrar en el madrileño Teatro Nuevo Alcalá y sentarme frente a una obra que, eso sí, viene avalada por su éxito en Broadway y el West End; también por la barita mágica de Elthon John, que compone el libreto, toda una garantía de calidad. Y así fue, Billy Elliot, el musical es una producción arriesgada y megalómana, poco habitual en Madrid.

Hasta seis prodigiosos niños interpretan a Billy, y otros tantos a su amigo Michael, al que todos recordamos con los labios pintados vistiendo la ropa de su hermana. Junto con el resto de intérpretes, conforman un elenco que mayoritariamente no supera los 15 años, pero cuyo trabajo requiere de un nivel artístico que alcanzan de forma sobresaliente. Carlos Hipólito, Natalia Millán y Adrián Lastra completan el reparto dirigido por David Serrano, en un ejercicio actoral complicado por la profunda y radical evolución de sus personajes, que van ganando sensibilidad y emoción a medida que se suceden las canciones de Elthon John.

Sin recrearse demasiado en el drama personal de la familia, que no puede hacer frente a los gastos de la casa donde además vive la abuela demente, este musical al más puro estilo de Broadway prefiere hacer reír al público, dándole también tiempo para pensar y momentos que le dejan sin respiración. Todo ello perfectamente estructurado en las tres horas de función que, de no ser así, podrían dormir fácilmente al público. Por el contrario, lo mantiene despierto y conmocionado, recordándole cuánto tienen los adultos que aprender de los niños.

Escena de «Billy Elliot, el musical» en Madrid. En primer término Diego Rey y Natalia Millán.

Esta producción ha requerido de reformas en la caja escénica del Nuevo Alcalá, donde ocurre de todo de manera frenética: una surrealista clase de ballet sucede a un brutal enfrentamiento policial de esos que aún siguen ocurriendo. La diferencia es que la policía del musical va coreografiada con los acordes orquestales, un tipo de propuesta muy frecuente en los musicales que a veces, a algunos nos parece excesiva, cruzando esa posible línea roja que hay entre la magia del espectáculo y el exceso de pompa.

Billy Elliot, el musical no olvida el mensaje esencial del filme: la solidaridad. Y da un peso específico a esa cooperación entre personas sin la cual no seríamos nadie. Porque entre los niños eso ocurre por descontado desde su inocencia. Durante la obra te das cuenta del compañerismo que hay entre los actores, que han estado trabajando más de un año en la preparación de sus personajes, sabiendo apoyarse unos a otros, motivo para no perderse este musical. Particularmente sorprende el trabajo artístico de los niños, cuya situación es similar a la que vivió su personaje: sometidos a una enorme presión que ha cambiado sus vidas. Lo curioso es que al final sea Billy Elliot el que cambie la nuestra.


Deja un comentario