Salvador

El cine y los medios de comunicación tienden a enaltecer historias. Hoy sin ir más lejos, hemos sido testigo de cómo los mass media han dedicado sus principales espacios informativos a enaltecer la figura de Rita Barberá una vez sabido su fallecimiento (los mismos medios que durante los últimos meses atacaron incluso su presunción de inocencia). Buscan en última instancia generar interés en su audiencia, y da igual si eso contradice los principios que hayan venido defendiendo sus líneas editoriales, o la propia ética periodista que en España parece sobrevivir a duras penas. Sin embargo, hay otras historias que a veces quedan abandonadas en el inmenso mar de la información, más aún cuando, de la forma en que ha ocurrido hoy, se dan hechos que monopolizan los informativos. A pesar de ello, esta mañana he conocido una de esas historias de verdad. Una de esas que no necesitan de la aprobación de líderes de opinión para ser grandes.

     Albert Castillón en su programa El Barómetro ha entrevistado a Salvador Alvarenga, un pescador ecuatoriano que sin quererlo dejó atrás la que fue su vida bajo el anonimato. Su nombre está dando la vuelta al mundo, de la misma forma en que (también sin quererlo) él mismo lo hizo en su pequeña barca. El jueves de la semana pasada se cumplían cinco años desde que cambió la vida de este humilde pescador para siempre. Aquel 17 de noviembre de 2012 Salvador dejaba a su familia en casa. Como cada mañana salía a pescar con su compañero Ezequiel Córdoba. Desde su bote veían a lo lejos el puerto pesquero de Costa Azul, en Chiapas, donde pescaban día tras día. Pero esta vez su mujer y sus hijos habrían de esperar más de un año para volver a verle. Más de un año en el que Salvador quedó a la deriva después de que una tormenta desviara del trayecto habitual su pequeña barca de fibra de vidrio. Comenzó un aterrador viaje de 438 días en alta mar que acabaría en las Islas Marshall (a la otra punta del globo, muy cerca de Australia) el 30 de enero de 2014. Pero Ezequiel nunca tocó tierra. Once de los 14 meses en alta mar, Salvador los pasó solo, sin compañero. Hoy, recordándolo desde la distancia, le comentaba a Albert Castillón que sus únicos alimentos fueron sus propios “orines, sangre de tortuga y peces crudos”, esa y la desesperación fueron la dieta que acabó con la vida de Ezequiel a sus 22 años.

Miedo

“Miedo es la palabra que resume cómo estaba 24 horas del día”, asegura Ezequiel. En esa situación cualquiera se debe preguntar si morir o hacer de tripas corazón. Este náufrago que quiso un final feliz para su historia nunca perdió la esperanza. Esa misma esperanza que llegaba cada vez que veía en la lejanía un barco. Sin embargo, relata que fueron un total de cuatro mercantes los que pasaron de largo, como si hubieran visto un pez más en el agua, como si no les importara si quiera la vida humana. Me pregunto cómo verá hoy Salvador el mundo. Aunque ya hayan pasado dos años desde que pudo pisar tierra, continúa recibiendo ayuda psicológica para superarlo. “Al principio me daba pavor acercarme al mar, incluso ducharme por el mero hecho de escuchar y sentir el agua (…) No he vuelto a subir a ninguna embarcación, pero antes o después he de hacerlo”, sentencia.

    Se trata de un mensaje de fe, esperanza en uno mismo. Esa es la lección de vida que este humilde marinero quiere transmitir al mundo. Los que fueron sus compañeros de trabajo en el puerto pesquero de Costa Azul recuerdan que siempre fue un hombre con una fuerza de voluntad inmensa, “nunca dejaba de pescar hasta que conseguía los kilos que necesitaba, sin importarle las horas”. Ahora se enfrenta a una demanda interpuesta por la familia de Ezequiel, que le acusa de haberse comido su cadáver. Salvador lo niega, pero eso siempre quedará entre ellos dos. En cualquier caso, ¿quiénes somos nosotros para juzgar lo que pasó allí?, en ese contexto ¿estaría justificado?

    Algún día veremos en la gran pantalla esta emocionante historia que Hollywood, estoy seguro, convertirá en un producto. Por el momento, nos queda su libro, Salvador, donde asegura que “los peores tiburones están en tierra”

Roberto Macedonio

@romacedoniovega

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