Termita

· FERNANDO FERRES | Madrid ·

• Madrid es una ciudad de un millón de muertos, escribía Dámaso Alonso. Una ciudad que homogeneiza a sus gentes, como parte de un juego político global, hasta que desaparecen en silencio, dando paso, generación tras generación, a un nuevo ejército de seres sometidos. Madrid es una gran metrópoli que alberga más de tres millones de habitantes y un sinfín de culturas que quedan ocultas -muertas, también- bajo el mazo neoliberal que golpea todos los rincones de un Occidente cada vez más extenso. Madrid, en su belleza, es un viejo oasis al que aún se acercan millones de personas buscando su porvenir, pero, ya de cerca, el oasis es tan solo un espejismo.

El capitalismo, ser vivo autónomo, ha dispuesto estratégicamente una serie de apéndices de los que se nutre: grandes ciudades gemelas a pesar de su desigualdad histórica y geográfica. A cada uno de estos apéndices se le ha dotado de lo indispensable para poder seguir engrasando la maquinaria neoliberal. Las herramientas de las que disponen los apéndices: un sistema de producción capitalista, un estilo de vida occidental, un modelo de educación, una forma única de afrontar el trabajo, un patrón de relaciones humanas y un ocio basado en la cultura de masas. Todo ello encaminado a un único propósito: que la maquinaria no se detenga; los apéndices no deben cesar de producir y el capitalismo tiene que seguir engordando.

Madrid es uno de esos apéndices. Tiene las condiciones perfectas para ello: es el centro neurálgico del país, es el sistema nervioso del poder político y económico. Es, además, resultado, como el resto de apéndices, de dos fenómenos verdaderamente relevantes. Por un lado, la revolución industrial. Una revolución en la que el poder cambió de unas manos a otras semejantes. Una revolución en la que ‘los de abajo’ siguieron siendo ‘los de abajo’. Por otro lado, el brutal crecimiento de población a lo largo del siglo XIX, triplicando el crecimiento que había habido desde el siglo VI al XVIII. Se vio, entonces, como necesario imponer unos sistemas comunes de producción en los que unas minorías someterían a la gran masa de proletarios. La solución pasaba por convertir las ciudades en grandes termitas devoradoras de seres enajenados.

© Fotografía de Plaza España

¿En qué convierte, por tanto, el neoliberalismo al ser humano? Precisamente, en un ser enajenado; un ser cuyas circunstancias le son ajenas; un ser alienado con ilusorias satisfacciones cuyo único fin es servir de nutriente a la gran termita que le engulle y que después le convertirá en detritus. Esta alienación social, a la que termitas como Madrid inducen, provoca el efecto de la homogeneización de los seres. Madrid queda invadida por una gran masa homogénea identificable y de la que es muy difícil escapar. Es, para la minoría represora, la mejor forma de controlar su propio sistema, la mejor forma de que el engranaje siempre funcione.

La gran termita tiene poros. Pequeñas vías de escape que no puede controlar, pero que tampoco le causan daño. Hay ciertas minorías que pueden tener acceso a esos minúsculos orificios. Sin embargo, la masa nunca podrá escapar; no cabe – y no sabe-. Tampoco todas las minorías pueden salir. Solo la minoría económica y la minoría intelectual pueden plantearse, cada una con sus propios métodos, una salida a la imposición vigente. Existe otra minoría, excluida socialmente por la propia masa, que vaga sin rumbo de la forma más indigna. El excluido social, por razón económica o cultural, queda desamparado. Se une a los suyos para sentirse más fuerte y reconocido. Podría llegar a parecer que esta minoría ha escapado del yugo neoliberal, pero, al contrario, queda más atrapada y hundida; su espacio queda reducido a un lugar marginal por el que orbita y su tiempo se hace infinito. Se cierne la noche sobre ella.

Más allá de la indigencia está el mundo. Madrid se yergue como una ciudad imperial. Los edificios altos ensombrecen el territorio. El humo de los coches empaña el cielo de gris y quema los ignorantes pulmones de la gente. Los árboles se mueren a la vista de todos; pierden, así, la esencia de sus vidas. Madrid se cree soberana, pero solo es bella. La aglomeración de turistas ahoga el placer de sus calles. La noche sume la ciudad en un mar de ruidos descontrolados. La gente se aúpa en lo indigno para trepar por el horizonte de la apariencia. La masa copa la ciudad en lugares diseñados para ella. La superioridad taxativa de la masa es clara; la inclusión en el estilo de vida neoliberal es una fina barrera que cuesta unos pocos cientos de euros, pero quien no es capaz de comprarla queda fuera de la jerarquía. La vida es el mísero negocio de unos pocos a costa de una muchedumbre ciega, engañada. Madrid amanece, pero sigue siendo la misma.

© Fotografía del Mercado de San Miguel

¿Cómo consigue esta gran maquinaria cegar a la masa? La fuerza del control, como ya hemos indicado, es su principal herramienta. Los tres factores de la libertad, el tiempo, el espacio y el movimiento, se acotan y programan. La ciudad envuelve a la masa en su engranaje frenético: el trabajo ocupa la mayor parte del tiempo y solo permite disfrutar de unos ratos de ocio planificados que apartan de la mente de las personas sus verdaderos problemas. En esto, tienen un papel relevante los medios de comunicación, una forma de ocio disfrazada de información, pero que solo distrae. La inmediatez consigue apartar la atención de los problemas reales durante un tiempo indeterminado.

El espacio por el que la masa se puede mover es muy reducido; del hogar al lugar de trabajo, haciendo parada ocasionalmente en un gran centro comercial donde es guiada -o engañada- para consumir los productos que el capitalismo ha diseñado exclusivamente para ella. Por tanto, el movimiento de las personas, sin tiempo y en un espacio acotado, es dirigido al ritmo que la gran termita estima conveniente. Así, la masa nunca llegará a plantearse otro estilo de vida más acorde con su dignidad. Vemos, entonces, la alienación social como una particular forma de exclusión: el ritmo frenético de la ciudad y sus distracciones impiden vivir una vida diferente, con libertad real de elección; las personas quedan excluidas de la vida que tendrían derecho a vivir.

La exclusión social y la alienación social, dentro de las grandes metrópolis como Madrid, tienen una característica común: la homogeneidad de sus miembros -poco importan la etnicidad y la ideología a la élite que gobierna el mundo-. La diferencia entre exclusión social y alienación social radica en el estilo de vida. Los excluidos socialmente han perdido la posibilidad de agarrarse al engranaje neoliberal. La masa los mira por encima del hombro, pero, sin embargo, casi un tercio de la población madrileña está en riesgo de caerse del engranaje y unirse a la minoría excluida, según indican las estadísticas.

© Fotografía del Palacio Real. LUIS GARCÍA.

La metáfora de Ortega es precisa: la masa es como una boya que va a la deriva. La masa cree que tiene todo un océano de libertad, pero en realidad está anclada al suelo marino. Decía el filósofo que la masa se autoimpone a la minoría y que es la que dirige el timón de sus semejantes. Hoy vemos que la masa es ignorante y que cree lo mismo que creía Ortega, pero son las grandes termitas quienes dirigen el verdadero timón del mundo, poniendo todos los elementos necesarios para que la masa continúe remando sin detenerse. Aquel que, agotado, tira el remo es rápidamente apartado y sustituido por otro trabajador que cree estar satisfecho.

La relación laboral entre los trabajadores y el sistema es de necesidad. El trabajador necesita estar incluido en la masa y seguir gozando del estilo de vida neoliberal. Para la termita es otra forma de control. Lo tiene todo calculado para que el trabajador pueda superar esa fina barrera de la que hablábamos anteriormente y, así, seguir engrasando la maquinaria. También está calculado que, periódicamente, haya quien no llegue a superar esa barrera y caiga en la exclusión. A la termita no le interesa que este hecho pueda causar una alarma social y es capaz de desplegar un arsenal de distracciones. El consumo, los medios de comunicación y la cultura de masas son las herramientas más visibles, pero hay dos formas más higiénicas de tener entretenida a la masa y ambas son inculcadas en el modelo educativo capitalista. Una de ellas es la dictadura de la individualidad: la masa vive una lucha interna en la que cada uno de sus miembros busca destacar por encima del resto, sin importarle cuántas cabezas aplaste en su ascenso, lo que es base del capitalismo. La otra forma es la del arraigo: dar a la masa una serie de símbolos (banderas, himnos y entidad) para hacerla sentir segura y en una falsa unión con los de su clase. Sin embargo, lo que en realidad causa esa cultura del arraigo es una guerra entre semejantes, lo que evita aunar fuerzas para ir contra quienes devoran a la población. Pese a todo, la termita tiene miedo y no se fía de la masa a la que engulle. 

© Fotografía de Gran Vía

Tampoco se fía del resto de termitas. Por ello, ha reunido unas herramientas para protegerse y poder seguir engullendo y creciendo.

¿Cómo escapar de esta situación? Sin duda, es una tarea muy difícil. Ortega apuntaba una solución: se necesitan dos generaciones, una que se geste y otra que se gestione, para poder llegar a una generación que se controle a sí misma. Estas generaciones solo se podrían dar gracias a un buen modelo de educación, lejos del neoliberalismo. Una distopía para los poderosos, los cuales, por lo pronto, no van a permitir que esto suceda. Madrid debería hacer caso a las personas, a sus necesidades, atender a las minorías y los bienes públicos. No debería permitir la rivalidad entre semejantes ni la masificación de lo horrible. Es fundamental darse cuenta de que la masa ha aceptado que su vida es así. Somos seres alienados con obsolescencia programada, pero indispensables para que el neoliberalismo se haga cada vez más monstruoso. También somos indispensables para cambiar el rumbo de nuestras vidas, pero la masa tardará en darse cuenta de esto. Madrid es, hoy por hoy, una ciudad de más de tres millones de muertos en vida.

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