The Dinner Party, una cena de invitadas especiales

ANDREA FARNÓS | Madrid ·

Un triángulo equilátero preparado para treinta y nueve comensales. En cada sección reposa el nombre de una invitada: una mujer relevante en la historia o una figura mitológica. Todas olvidadas en el transcurrir de los años por las violentas lanzas de un patriarcado egoísta, definido por una sociedad con valores arcaicos, y una Judy Chicago que en los años 70 se consagra como una de las figuras más relevantes del ‘arte feminista’. Bajo la mesa, representada con esa peculiar forma geométrica (asimilándose al sexo femenino), reposan los nombres de novecientas noventa y nueve mujeres excluidas del panorama intelectual y artístico hasta la fecha de la creación de la obra.

The Dinner Party constituye uno de los puntos de partida más relevantes en cuánto a la lucha feminista estadounidense del siglo XX. Cierto es que, como hemos podido contemplar en el texto de Craig Owens, el espejo en el que el arte feminista se refleja no es más que una prueba de fuego. Ese espejo es una sociedad americana que explora el post-modernismo: un post-modernismo dónde hay lugar para todes, y por tanto, para ningune. ¿Comprendió el post-modernismo la intrínseca carga política del feminismo? No lo hizo, pero en consecuencia, perpetuó el propago de este tipo de arte abriendo un abanico de posibilidades a las mujeres artistas de la época. Los años 70 abren las ventanas pero las dejan entre abiertas: las mujeres comienzan a visibilizarse en esta ‘nueva ola’ feminista, pero su carga política se ve deteriorada.

Judy Chicago junto a su obra, The Dinner Party

Para comprender este nuevo panorama artístico deberemos remontarnos a la pregunta planteada en 1971 por Linda Nochlin, ¿Por qué no han existido grandes mujeres artistas? Este ensayo pone en entredicho el papel de la mujer en las artes a lo largo de la historia y supone la pregunta troncal de la que se desprenderán otras tantas. Una figura masculina, dotada de ese ‘genio’, ese saber hacer, esa capacidad innata para crear, aprender, enseñar…y una figura femenina, reservada a tareas más limitadas y con un acceso escaso al mundo de las artes. Nochlin replantea cuestiones que años más tarde se verán reflejadas en la práctica. A la estadounidense se le adhieren los estudios de la cuestión feminista en la historia del arte de Griselda Pollock, quien expone que ‘las divisiones sexuales implícitas en los conceptos de arte y artista son parte de los mitos culturales más amplios e ideologías propios de la historia del arte.’ Pollock critica la manera en que se aborda el propio campo de la historia del arte y cómo esta misma se autodiscrimina y perjudica a la figura femenina. El problema no es solo el juego, sino también sus reglas.

Se abre por tanto un interrogante que ha quedado latente en la actualidad, ¿es el arte de mujeres, por el mero hecho de serlo, arte feminista? Aunque la respuesta es negativa, y debido a esta desvinculación con lo político, se ha tergiversado el concepto y sus formas de representación. Una obra realizada por una mujer, no es arte feminista. Una obra que recoge datos de artistas anteriores olvidas, sí lo es. Trabajar en el recuerdo de quienes no fueron valoradas y fomentar sus composiciones artísticas, profundiza no solo en ensalzar el papel de la mujer en las artes sino también en visibilizar una parte de la historia cubierta de escombros sexistas. Un claro ejemplo de esto es la exposición de Nochlin y Harris en 1976: Women Artists 1550-1950 y, a su vez, The Dinner Party de Judy Chicago. Esta última ha recibido críticas por los debates actuales sobre feminismo: ¿hasta que punto es una obra verdaderamente feminista, si únicamente refleja figuras femeninas de la alta burguesía, blancas, europeas…? Es decir, ¿visibiliza realmente el papel de la mujer artista, o supone una discriminación camuflada al resto de mujeres de la baja cultura, negras, no-europeas…? La duda continúa en el aire, pero quizá si Judy Chicago tratase de realizar una obra  con el mismo fin en el 2018, plasmaría toda esa diversidad cultural por la que es criticada. Pero estamos en los años 70, la figura femenina continúa aislada del mundo del arte y los escasos registros históricos que existen sobre mujeres artistas pertenecen a persones de clase alta (apuesto que Miguel Ángel, ese gran ‘genio’, tampoco era un muerto de hambre)

Chicago tardó cinco años en terminar su obra, pero el impacto que generó para los modos de representación de la época y la transcendencia que tendrá en la propia historia del arte, perdurará como punto de inflexión en las cuestiones de arte feminista, cuestiones de género y evidencias del canon masculino que hemos normalizado, asimilado y casi naturalizado como si de una cuestión biológica se tratase.

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