A solas con Lisboa

· ROBERTO MACEDONIO | Lisboa ·

El reloj marcaba las seis de la mañana cuando pisé por primera vez el suelo de Lisboa. A esa hora, la capital aún dormía. Aunque empezaba a desperezarse. Era lunes, y entre los encandiladores mosaicos de las aceras aún reposaban los botellines de cerveza de la noche anterior. Entre botellas vacías y vasos usados estaba yo, solo, con la mochila presionando mis hombros cansados de un viaje largo, con unas bermudas y una camiseta fina, de manga corta. “En Lisboa tiene que hacer un calor de muerte en agosto”, pensé. Pues oye, resulta que no. A esa hora casi podía tiritar de frío, pero el romanticismo de esa ciudad cuyas casas se disponían poco a poco a levantar las persianas, con la misma parsimonia en que los ojos de cualquiera de nosotros lo haría a esa hora, me regalaba todo el calor que necesitaba. Solo escuchaba el cantar de unas palomas que, desconozco la razón, pero decidieron abalanzarse sobre mí de la misma forma en que los pájaros de Hitchcock hicieron con Melanie Daniel. Tanto fue así, que acabé tumbado en el suelo, evitando que aquellos animalillos kamikazes chocaran en algún punto de mi cuerpo de metro ochenta. Los gentiles basureros, que con entusiasmo saludaban a este desubicado turista, fueron los únicos testigos del episodio con el que la ciudad me quiso dar la bienvenida.

Después de tomarme un café, que me sentó tan bien como a Ivan Ilich Pralinski el desayuno tras su episodio vergonzoso, me dispuse a callejear entre atracciones turísticas vacías a las que pude acceder gratis, ni siquiera había seguridad a primera hora de la mañana, y lo mejor de todo: solo. Tiempo para reflexionar, para pensar y para sentir. Marina Abramovic, en una de sus conferencias TED, hablaba de la importancia de sentir emociones de esas a las que llamamos “malas”. Al final son las que más nos aportan, y la soledad es una de ellas. Así que allí estaba yo, en el último piso del elevador de Santa Justa, contemplando a mis pies Lisboa, con la mirada perdida entre esas calles anchas perfectamente cuadriculadas que constituyen el ensanche burgués. Al fondo podía incluso divisar el arco de la Rua Augusta. Tras él, mi mirada se perdía en el azul del río Tajo, que llegaba cansado para morir en la ciudad dormida, chocando con el Puente 25 de abril. Donde hoy está ese mamotreto de la ingeniería, salieron un día miles de barcos con destino a las Américas. Casi podía ver las carabelas que cruzaban el Atlántico para llegar a lo que ahora llamamos Brasil, mientras, en mi cabeza escuchaba la dulce voz de Katia Guerreiro meciendo mis visiones con la misma dulzura en que las tibias olas de la desembocadura llegan a la costa. Pero al salir de mi abstracción, me topé de frente con la realidad, y ví entonces una fila de enormes cruceros blancos que se aproximaban al puerto.

Ya empecé a compartir mi experiencia con otros miles de visitantes que bajaban de sus camarotes, como yo, inquietos. Creo que escuché más hablar francés que portugués en los días que estuve allí. Una combinación de lenguas, por cierto, preciosa. No os voy a hablar de mi paso por Sintra, donde, entre sus coloridas calles de ensueño, empezaba a creer que iba vestido con corona, capa y esas mallas ajustadas de los príncipes que han dominado el imaginario infantil… Tampoco quiero hacer hincapié en mi visita a la Torre de Belém, en pleno barrio de Lisboa colmado de turistas, donde, eso sí, el Museo Berardo te deja ver obras de Dalí o Duchamp entre muchos otros artistas que marcaron el siglo XX, cuyas piezas están hoy custodiadas por esa torre medieval que resiste a la erosión del mar a pocos metros del museo. Pero, aunque fueran los dos destinos más esperados, eran también los más turísticos, algo inevitable, porque yo formaba parte de esa innumerable masa de invitados que restan encanto e identidad al sitio.

El individualismo, esa mentira que vive nuestra decadente sociedad del presente siglo, puede llegar a ser encantador, como muchas mentiras. De la misma forma en que, la decadencia de las calles mal conservadas, hacen de Lisboa una ciudad envuelta en un halo romántico muy seductor. Un halo que me atrapó esos días de vacaciones en los que tuve suficiente tiempo para pensar, algo que debería hacer más… Pensé en mí, en ti… En aquella advertencia que me hizo la panadera de mi barrio: “¡ten cuidado, que hay gente muy mala!” No lo negaré, pero solo quiero añadir, que lo único con lo que debí tener más cuidado, fue con las palomas.


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