Tánger

· ROBERTO MACEDONIO | Madrid ·

Solo 14 kilómetros separan la frontera entre continentes con mayor diferenciación social, económica y cultural: África y Europa. Divididos por un Estrecho de Gibraltar que va desde la Punta de Tarifa, en Cádiz; hasta el Cabo Espartel, uno de los sitios más turísticos de Tánger. Si visitas ambos lugares descubrirás dos mundos muy alejados el uno del otro. Pero a su vez muy unidos por su pasado en común. Lo cierto es que la musulmana y la nuestra son culturas que han caminado de la mano en el limbo de la historia universal. Sin embargo, aún tiene mucho que aprender un pueblo del otro. Cuando visitas una ciudad como Tánger lo haces (como todo) envuelto en los prejuicios sin fundamento que mantienen nuestras manos atadas, como si de esposas que nos sujetaran a la pared de la Caverna se tratase. Ir hasta allí y conocer a los autóctonos es la única manera de desligarte de las cadenas. Es entonces cuando descubres a un pueblo que vive pensando en los demás, pensando en ti.

Cabo Espartel

Tánger es una ciudad llena de sabores y color. Ya dejó claro Sócrates que lo único que formaba y distinguía a una Polis era su gente, nada más al margen de la ciudadanía. Y son ese millón de tangerinos, que te reciben al grito de “¡bienvenido!” por la calle, los que hacen de su ciudad una de las más acogedoras y cosmopolitas de Marruecos. Tanto es así, que el rey Mohamed VI estableció una legislación mucho más suave y abierta allí que en el resto del país.

Cuevas de Hércules

El Cabo Espartel o las Cuevas de Hércules son algunos de los rincones encantados de obligada visita. Aquél cabo, que no es sino la punta del África más occidental, con el viejo faro que vigila la costa, te permite ver más allá del mar y entender cuantos acontecimientos han ocurrido ahí que cambiaron la historia del mundo. Mientras, entre batallas y desembarcos, las olas erosionaban la tierra dando lugar a unas húmedas y frías Cuevas de Hércules (a 5 kilómetros del mencionado cabo). En ellas pasó la noche Hércules antes de robar las manzanas del Jardín de las Hespérides. En un lugar no solo rodeado por el agua, también por la paz y un silencio que solo el silbido del viento y las olas del mar se atreven a romper convirtiéndolo en una hermosa melodía natural. La cueva tiene dos aperturas: una hacia la tierra, por la que accedes, y otra hacia al mar, por la que pareciera que tan solo las sirenas se atreverían a cruzar. Esta se conoce como “Mapa de África” desde que la erosión le quiso dar la forma del continente.

Centro histórico

La ciudad es un espectáculo de amabilidad en sí misma. Las laberínticas calles del centro histórico te envuelven en su pasado. Verás la antigua cárcel, o los juzgados, situados en lo que algún día fue la plaza donde “flagelaban a los acusados” (en palabras de nuestro guía). O el tan caótico como bello mercado, en el que todo, todo, se vende al mejor postor… Quién diría que si visitas Tánger acabarías en el antiguo museo abandonado de la galerista española Cristina Maceín, en cuyo interior conviven entre polvo, perros y humedades cuadros de Picasso, Marx Ernst, Salvador Dalí o George Braque. Para visitarlo solo tienes que hacer buenas migas con Said, que vive entre obras de arte en mal estado desde que Maceín dejó de hacerse cargo de su colección (a la venta).

Assilah es un pequeño poblado situado a 50 kilómetros de Tánger, aquello si que es un lugar de ensueño. Pasea mientras oyes la llamada al rezo y te ofrecen té en un lugar que representa al Marruecos más romántico teñido de azul y blanco.

El sábado por la noche, segundo día que pasábamos allí, comenzó el Ramadán. Toda la ciudad lo celebraba entre ceremonias, bailes y cánticos por la calle. Pero no es oro todo lo que reluce. Fuimos testigo de mucha pobreza, incluso de un desagradable episodio de violencia de género (nada más lejos de lo que se ve en España). Lo único que procuro ahora, es tratar de dejar a un lado la profunda individualidad que vivimos en el mundo occidental de hoy en día, inundado por un narcisismo superficial que esconde las lágrimas de una sociedad con amigos digitales y nadie con quien tomar café. Gracias, querido amigo Osama, por hacer nuestro viaje mucho más cómodo, pidiendo a cambio la mejor de nuestras sonrisas.

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